«El despiadado tiempo terrenal se caracteriza por ser impío e inapelable, desprende el cuerpo villarrobletano de aquella arcilla de los barreros que nutrió a las tinajas, tiempo después, la historia local devuelve sabios personajes…»
Agustín Morilla Yélamo, cariñoso padre y abuelo en demasía quijotesca, maestro artesano de la piedra artificial, escritor, poeta, director de teatro, sabio y filósofo villarrobletano. Nacido en Montoro (Córdoba) el 4 de octubre de 1932, e hijo adoptivo de Villarrobledo de la Vega desde el año del Señor Jesucristo de 1947 hasta su fallecimiento el 3 de mayo de 2019.
Por la época en la que transcurrió su infancia (la Guerra Civil y posguerra), sólo tuvo ocasión de ir a una escuela de monjas durante un año, por lo que no puedo terminar los estudios primarios, pero evolucionó en conocimientos gracias a su tesón y afición por la lectura, las artes y las ciencias.
Es evidente que cada ser humano desde el momento que nace ha de aceptar una serie de acontecimientos que, al final de su vida, serán fiel reflejo de la historia que ha sido preparada para él. La vida de Agustín Morilla Yélamo es merecedora de ser recordada.
En octubre de 1936, cuando apenas contaba cuatro años y estando cobijado en los brazos de su madre, embarazada de su hermana Juanita, y acompañados de su hermana Maruja y la presencia de su padre Francisco, caminaban sin percibir la angustiosa situación que les estaba obligando a salir de Montoro con el único deseo de poner a salvo a sus hijos. El tremendo horror de la Guerra Civil fue lo que forzó a toda la familia a emigrar de su pueblo natal, dejando su casa a merced de los saqueadores y llegando a Moral de Calatrava, Ciudad Real, donde nació su hermana Juanita. Al mes del nacimiento, una larga y horrible noche marcó una constante pesadilla, que de forma cruel, trazó un largo camino de sufrimiento y desolación familiar al desaparecer su padre en lo alto de un camión militar para no volver jamás.
En septiembre de 1946, dada la angustiosa situación económica de la familia, se trasladaron a Villarrobledo de la Vega para realizar la vendimia, pero Dios no escatima en milagros, y en febrero de 1947 la familia Morilla Yélamo se instala definitivamente en la localidad manchega donde los robles no germinaron, siendo Agustín contratado en la fábrica de terrazo y mosaico de Federico Rubio. En el año 1985 aprobó oposición de funcionario en el Ayuntamiento como encargado del mantenimiento de los complejos deportivos municipales.
Agustín acarició la piedra natural y artificial como profesión artesanal, dirigiendo sus hábiles manos con delicadeza y precisión, semejante al ilustre escultor italiano del renacimiento denominado Miguel Ángel.
En aquellas láminas pétreas de mármol permanece labrado su legado, y dice así…
«Estaré en este mundo terrenal un escaso tiempo, de modo que el bien que pueda hacer o cortesía que pueda tener para mis coterráneos, que sea ahora, no dejaré para mañana tal honor, ni la olvidaré, porque nunca más mi cuerpo pasará por aquí».
Se casó con Nieves Orea Perujo el 10 de mayo de 1958, y tuvieron dos hijos, Paco y Nieves, así como cuatro nietos: Kevin, Javier, David y Nuria.
A lo largo de su vida adoptó la poesía y la narrativa como medio de expresión, siendo el soneto y la prosa los que ocuparían la mayor parte de sus obras. Alternó el duro trabajo como artesano con la escritura y el teatro, en el que actuaba, para posteriormente dirigir su propio grupo teatral.
En su mocedad primera advirtió la necesidad de escoger uno de los dones que los dioses le ofrecían, arrogase la sabiduría frente al sufrimiento y a la mediocridad. Desestimó impíos ofrecimientos primitivos y secundarios y, con solidez de carácter anheló con humildad el ser reconocido como buena persona de la Villa, sin esperar prebendas cortesanas atestadas de idiosincrasia egocéntrica.
Manifestaba una cultivada dialéctica en tertulias familiares y sociales, derramando inusual entusiasmo y una exquisita amabilidad. Hombre de talento natural, licenciado en las artes del conocimiento. Incansable lector y escritor a la luz de una vela y del sogato de la chimenea en noches de obligado descanso.
El alma se le extravió buscando un erial reservado al olvido, pero afortunadamente la existencia terrenal le otorgó un ansiado sendero desprovisto de piedras de pedernal y abrojos, ofreciéndole décadas regaladas como ilustre creador de historias y poemas, así como el inmenso honor de dirigir teatro para niños y adolescentes. Agustín Morilla denominaba al teatro como «escritos vivientes en los que las palabras y las imágenes brotan como si hubieran estado esperando con rabia en la prisión del alma».
Al crear su primera obra de teatro, cultivada en ágil pensamiento, se le restituyó la expresión intensa que tuvo en los ojos al nacer; fue la denominada Haremos ésta, con la participación de jóvenes del barrio de Juan Valero – San Antón.
Otras, a las cuales les sacudió palos como a una estera, disipando el polvo de la desmemoria social, fueron: El caballito azul de María Clara Machado y Las viejas difíciles de Carlos Muñiz.
Entre sus libros: Camino de abrojos, prosa filosófica editada en 1989, con un mensaje preciso: —el agradecimiento es la parte principal de un hombre de bien, despreciando los montones de basura nostálgica que la vida acumula. El Archivo de mis recuerdos fue terminado en el año de gracia de 2000, disipando un recado al lector, pues hay libros cortos, pero para entenderlos se necesita una vida entera, pues leer es escuchar a los muertos con ojos renovados. Discurriendo ambos textos por un camino de abrojos para descubrir el añorado camino de rosas.
Desde aquella mirada singular de ojos verdes, evoco en la lectura de su prosa y poesía instantes de su existencia, mordiendo un llanto secreto. Agustín transmitía con intensidad atípicos y extraordinarios mensajes literarios en su segundo libro denominado El archivo de mis recuerdos, y decía: –es evidente que cada ser humano desde el momento que nace ha de aceptar una serie de acontecimientos que, al final de su vida, serán fiel reflejo de la historia que ha sido preparada para él–.
Permitidme terminar con un poema de Agustín Morilla, dedicado a su madre y esposa, así como a todas las madres que dejaron su cansado cuerpo en este mundo y despertaron a la historia villarrobletana con sabio legado. Con estos sonetos denominados «Sólo pureza», el autor, aporta un mensaje al lector… –el amor es un acontecimiento que está vivo en el presente, vos no lo va a encontrar en ningún otro momento–; y dice así…
Observo en la noche tu rostro apenado
sin que haya un lamento a tu propio dolor
si yo siento frio me arropa tu amor
que tanto me alegra al sentirme mimado
Mientras suena a silencio tu dolor callado
extiendes sobre mí tu aliento y candor
de tu piel suave recibo el calor
que sirve de alivio a mi cuerpo cansado
Con tu miel endulzas mi fuerte amargura
en ti está la fuente que calma mi sed
y el roce de tu cuerpo mis heridas cura
Presiento la llegada de mi atardecer
pero me hace feliz la caricia pura
de la más fiel criatura y digna mujer
«Aprende a contemplar el silencio», comentaba Agustín en aquellas conversaciones que no tenían final, porque… el silencio es el susurro de la verdad.
Por más que intento aguzar el oído, continúo sin descubrir a ningún ser que iguale la capacidad de comunicar en aquellos añorados recitales poéticos y conferencias sobre narrativa y filosofía rural.
Ya, pulverizado por la profunda decrepitud de la muerte, deseó despertar hacia atrás, buscando la infinita madrugada en aquel mes de mayo de 2019.
Hoy, celebramos la reconquista de los recuerdos gracias a este menesteroso ser humano.