Antonio Fernández Soriano fue el fundador, junto a Anaïs Tiffon, de la principal saga de fotógrafos que hubo en Barcelona en la segunda mitad del siglo XIX: los Napoleón, una saga que se prolongó hasta 1968, a través de cuatro generaciones y que llegó a tener galerías de retrato también en Madrid, Mallorca, Mahón, Andratx y Olot, entre otros lugares. La actividad de Antonio se unió primero a la de Anaïs (Anne Tiffon Cassan, Narbonne, Francia, 1831- Barcelona, 1912), su esposa, y después a la de su hijo mayor, Emilio Fernández Tiffon (Barcelona 1851- 1933), de forma que a partir de los años setenta hablar de Napoleón es más que hablar de Antonio.
Antonio Fernández Soriano pertenece a la generación que puso en marcha las galerías de retrato, que nació con el daguerrotipo, vivió el esplendor del formato carte-de-visite, los negativos de colodión húmedo sobre vidrio y los positivos a la albúmina, así como los cambios técnicos en los años ochenta con las placas secas de gelatina y plata; pero también asistió a los inicios del declive de esos estudios de fotografía por la aparición de aparatos más ligeros y más baratos, los cambios de costumbres y la presencia de los aficionados.
Antonio Fernández Soriano nació el 24 de abril de 1827 en Casas Ibáñez, un pueblo de la actual provincia de Albacete, cerca de Requena, en el camino a Valencia y que entonces todavía pertenecía al reino de Murcia y al obispado de Cartagena. Era hijo de Francisco Esteban Fernández, “chocolatero” de profesión, y de Pascuala Soriano; una pareja humilde con varios hijos más: María Josefa, la mayor, que fue madrina de bautismo de Antonio, Juan María Asensio (1822) y Pío Francisco (1829). Toda la familia era natural de Casas Ibáñez, salvo la abuela materna (María Concepción Luxán), que había nacido en Mula del Río (Murcia). Antonio fue bautizado el día 25 de abril de 1827 en la iglesia de San Juan Bautista.
Desde entonces hasta 1850 se pierde su pista. A falta de documentos, la tradición familiar dice que Antonio sirvió a un militar que pasó por Casas Ibáñez durante la Primera Guerra Carlista, “el general León”. Cuando el general iba a abandonar el pueblo, la madre del niño, que entonces tenía nueve años, le pidió que se lo llevara con él para que pudiera tener una vida mejor, y así lo hizo el militar. Ese general era Diego de León Navarrete (1807-1841) que perseguía al ejército del general carlista Miguel Gómez Damas (1785-1850) en el verano de 1836. Sin posibilidad de contrastar la leyenda del militar bondadoso y el niño sin recursos (porque ni en los libros que se han dedicado a Diego de León, ni en la documentación de archivo, han aparecido referencias a Antonio Fernández Soriano), tampoco hay motivos para dudar de ella. Es verosímil que Antonio acompañara al general, fuera ayudante suyo, se desplazara con él por España, estuviera un tiempo en Madrid y viajara con él a Francia, tras haber sido destituido Diego de León de su puesto de Capitán General de Castilla la Nueva. Según esa misma tradición, Antonio fue corneta en el ejército y allí aprendió a tocar el clarinete. Lo cierto es que siempre le gustó la música, y el Museo de la Música de Barcelona conserva un armónium que le perteneció.
Aunque Diego de León -y suponemos que Antonio- no pasaron más de tres meses en Burdeos en el otoño de 1840, el joven de trece años pudo aprender algo de francés, un idioma que le sería siempre útil: primero para encontrar esposa y después, clientela.
Es indudable que el paso por el ejército le dejó huella: uno de sus hijos -Napoleón Francisco (1855-1898)- fue cabo segundo de la Marina en el ejército de Ultramar; Antonio tuvo siempre muy buenas relaciones con los militares y conservó la afición a los uniformes. Por su estudio de retrato pasaron infinidad de militares durante más de cincuenta años; muchos de ellos de alta graduación, aunque no todos y, a finales del siglo XIX, en la sala de cine, las películas de temas castrenses constituían una de las especialidades de la casa.
Con 23 años, siendo soldado de infantería y “músico de contrata” (del Primer batallón del Regimiento de Infantería de la Constitución, número 29), Antonio se casó en Barcelona en 1850 (el 24 de diciembre), en la parroquia de San José y Santa Mónica, con Anne Tiffon Cassan, una joven francesa a la que siempre llamaron Anaïs, nacida en la ciudad de Narbona y que había emigrado a Barcelona con su familia en 1845 (tras una estancia breve en Valencia).
Antonio “heredó” el alias de su suegro, el francés Alexis Tiffon (Narbona, Francia, 1807 – Barcelona, antes de 1886), “artista pedicuro”, “cirujano romancista” (sin estudios de latín) y peluquero, que dejó la ciudad francesa en 1845 y se instaló con su familia en la parte baja de la Rambla -la de Santa Mónica-, cerca del puerto, en una zona comercial y muy concurrida de Barcelona, la única amplia y con paseo hasta que se tiraron las murallas en 1860. En el número 115 (que pasaría a ser el 17 en la numeración de 1851) y en el piso principal, Alexis Tiffon abrió la consulta de pedicura ese mismo año de 1845 como Napoleón Alejo. El apodo tuvo éxito en los años del segundo imperio francés (1852-1870), con Napoleón III, el emperador de los franceses, casado con la granadina Eugenia de Montijo; unos años en los que España estaba de moda en París y, al mismo tiempo, lo galo tenía mucho eco en Barcelona, donde vivía un número importante de personas del país vecino, muchas de ellas comerciantes.
Probablemente en el año 1851, poco después de la boda, Antonio y Anaïs abrieron una galería de retrato, iniciando así la saga de fotógrafos más importante de Barcelona a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, la casa Napoleón. La abrieron en el mismo edificio donde trabajaba y vivía la familia Tiffon (Alexis en el piso principal y ellos en el segundo). El daguerrotipo más antiguo que conocemos (Barcelona, Instituto Amatller de Arte Hispánico) lleva escrito a mano al dorso “diciembre de 1851, Rambla frente Sta. Mónica Nº 115, nuebo 17, piso 2º”, y “Hecho por Fernando”. Este “Fernando” también requiere una explicación: siempre según la tradición familiar, la francesa Anaïs tenía dificultades para pronunciar Fernández, y le resultaba más cómodo “Fernando”.
Los primeros anuncios de prensa que conocemos de Antonio y Anaïs son de 1853, todavía sin nombre comercial ni dirección, «Retratos. Establecimiento de Daguerreotipo y Fotografía» (31 de julio de 1853) y ya con dirección el 3 de agosto: «Rambla frente de Santa Mónica núm. 17, casa de Mr. Napoleón, piso 2º». En ellos, “casa de Mr. Napoleón” funciona como una precisión de lugar, al aludir al negocio de Mr. Napoleón (el pedicuro francés Alexis) que el público de Barcelona ya conocía desde 1845.
Sobre la formación de Antonio como fotógrafo no se sabe mucho. Según la prensa (Diario de Barcelona, 26 de noviembre de 1891), hacia 1850 fue discípulo y ayudante del daguerrotipista, “M. Charles Chavan, de París”, a quien después compró la galería. Efectivamente un “Mr. Charles” se anunciaba en Barcelona entre julio y octubre de 1851, en el Pasaje de las Cabras número 9 (cerca de la Rambla de Santa Mónica) y, aunque la noticia del periódico podría ser cierta, hay que tomarla con cautela porque Charles no fue ni mucho menos el primero que trabajó en Barcelona, como afirma el artículo; antes, ya desde 1842, lo hicieron muchos otros daguerrotipistas, tanto extranjeros ambulantes como españoles (Sagristá, Sardin, Peña, Sabatier, Lorichon), incluso alguna mujer, como Madama Fritz.
Lo que sabemos con certeza es que Antonio era músico y estaba en el ejército cuando se casó en Barcelona en 1850, pero es posible que por entonces ya hiciera retratos al daguerrotipo, en un momento en que la de fotógrafo era una profesión nueva y abierta a gente con iniciativa, algo que Antonio demostró tener durante toda su vida; y también es posible que empezara en la ciudad con Charles Chavan, en el Pasaje de Las Cabras, y abriera después su propia galería en la Rambla de Santa Mónica; incluso que comprara los materiales al francés cuando éste dejó la ciudad.
Todo parece indicar que “Mr. Fernando y Anaïs”-tal como se presentaban en las etiquetas impresas al dorso de los retratos, en la prensa de Barcelona y en el rótulo que colocaron en la fachada del estudio- trabajaron juntos en los primeros años del negocio, y Anaïs siempre tuvo un papel de primer orden en la empresa fotográfica. Seguramente la palabra monsieur (señor) delante de “Fernando” y el exótico nombre de “Anaïs”, formarían una etiqueta comercial atractiva para los barceloneses, en unos años en que todo lo que sonara a extranjero, y especialmente a francés, añadía un toque de prestigio a cualquier actividad, y más si se trataba de algo tan nuevo y tan misterioso como la fotografía
En los autorretratos que se conservan de los primeros años (hacia 1854 y 1865) Antonio aparece como un hombre joven que se viste con elegancia, como un caballero. En el más antiguo (reproducido en L’Esquella de la Torratxa, 11-febrero-1916), el fotógrafo lleva en brazos a su hijo primogénito, Emilio Fernández Tiffon, que fue su principal colaborador y el sucesor al frente de la empresa.
Además de este (Alejo) Emilio (1851-1933), Antonio y Anaïs fueron padres de Alejandra (1853), Napoleón Francisco (1855), Napoleón Fernando (1856), Antonio (1857), Esteban (1862-1882), y Emilia (1867-1868).
El estudio Napoleón, como tantos otros, creció al calor de la moda de las “carte-de-visite”, un formato de fotografías más económico que los anteriores, patentado por el francés Disdéri (1819-1889) en 1854 y que se impuso en España a finales de la década de los cincuenta. Eso permitió un gran desarrollo durante los años sesenta y tiempos de bonanza hasta finales de siglo. El éxito económico y social de Antonio y su empresa es un ejemplo del que tuvieron algunos fotógrafos en esos años, pasando de trabajar en una modesta galería familiar de retrato (haciendo daguerrotipos y yendo a fotografiar difuntos a domicilio), a convertirse en empresarios al frente de talleres muy activos y concurridos, con numerosos trabajadores. Estos fotógrafos retrataban a la burguesía, a políticos, militares, banqueros y artistas, y fotografiaban actos sociales, mientras sus estudios se convertían en centros de reunión, y ellos en figuras públicas.
En 1865, cuando cerró una de las galerías importantes de Barcelona, la de Franck y Wigle, por la vuelta de Franck (1816 – 1906) a París, la casa Napoleón se hizo cargo del fondo de “clixés tanto de retratos como vistas de Barcelona” y probablemente de las máquinas. Poco después, en su deseo de conseguir prestigio, Antonio envió fotografías a la Exposición Universal de París de 1867, aunque con poco éxito, lo que le desanimó de seguir por ese camino. Por otra parte, tal como le iban los negocios en Barcelona y en España, no necesitaba salir fuera. Antonio aprovechó el viaje a París para visitar también Londres, ver novedades y comprar maquinaria. En esos años su principal competidor en la ciudad, aunque no el único, era Juan Martí Centellas (1832-1902), y había negocio para los dos.
En 1867, Antonio y Anaïs incorporaron a su hijo Emilio, que tenía 16 años, al negocio, que pasó a llamarse “A. y E. dits Napoleón” (una A versátil para Antonio y Anaïs), y en 1882 se creó la sociedad “Antonio, Emilio y Ana Fernández, dits Napoleón” teniendo los tres los mismos derechos (algo que se mantuvo siempre). Además, en ese camino de expansión comercial, en 1879 abrieron en Madrid un estudio de fotografía para su segundo hijo, Napoleón Francisco (que había sido cabo en la marina y pasó entonces a la reserva) en la calle del Príncipe número 14, tercer piso, en el edificio del teatro de la Comedia, una construcción lujosa y situada en pleno centro, muy cerca de la Puerta del Sol; a la muerte de Francisco (1898), siguió su esposa y prima, María Tiffon (1855-1944) al frente del negocio hasta 1905-1910. Antonio y Anaïs abrieron en 1897 otro estudio de fotografía en Barcelona, en la plaza del Ángel, para Napoleón Fernando (que había probado suerte sin éxito en el ramo de la lencería) y lo ocupó como “Napoleón hijo” o “Fernández Napoleón” hasta 1909, cuando se derribó el edificio para construir la vía Layetana. El único de los hijos varones que se dedicó a otra cosa fue Antonio, que ejerció como médico en Madrid desde 1884. La única hija que vivió, Alejandra, no entró en el negocio fotográfico, pero sí sus descendientes: su hijo Santiago Feliú Fernández (1878-1966), hijo de Jaime Feliú, y Mercedes Fabiola Pérez Feliú.
También en Barcelona la casa Napoleón tuvo una galería ecuestre –“Fotografía hípica”- siguiendo la moda de París y Londres, para hacer retratos a caballo y en carruaje, y grupos numerosos, muy cerca de la plaza de Cataluña entre 1885 y 1893.
Desde los años sesenta son habituales en la prensa los anuncios de la casa Napoleón buscando trabajadores: un pintor “que sepa bien iluminar fotografías” (1860), “tiradores” (1865, 1873), “dependientes” (1873), “aprendices”, “un joven para el despacho”, “un retocador de tarjetas” (1879) o un “retocador de clixés” (1893). Aunque no sepamos el número exacto en cada momento, en el año 1888, cuando participa en la Exposición Universal de Barcelona, la casa Napoleón tiene trabajando quince hombres dentro del estudio, y diez fuera de él (un número considerable). Algunos nombres aparecen en la documentación familiar de los Fernández Tiffon, firmando documentos, como José Martorell Borrell, Martín Marco Forcés, Antonio Plana Erra, Pedro Llobet Deufí o Victor Larricard Cambot y Manuel Albiach Dolader, “oficiales de retratista”, y Esteban Milà i Romeu. Sabemos además de fotógrafos que se formaron en el estudio de Napoleón, como Fructuós Gelabert (1874-1955), pionero del cine, Carme Gotarde (1882-1953), fotógrafa de Olot; Jaume Garriga Orfila, de Menorca, y Rafael Ferrer, de Andratx, entre otros; y de pintores que colaboraron con ellos, coloreando fotografías en papel a la aguada, a la acuarela o al óleo, como el alemán Heinrich Maas, Esteban Milà i Romeu o el manchego Carlos Vázquez Úbeda (Ciudad Real, 1869-Barcelona, 1944).
La casa Napoleón retrató a la familia real: a Isabel II antes de la revolución de 1868 y en el exilio (se conservan varios álbumes en Patrimonio Nacional), como hacía siempre con políticos, militares y artistas. Estas fotografías se podían ver en el escaparate del estudio y en el expositor que tenía en la calle Ferrán, al lado de la iglesia de Sant Jaume. Después de los retratos que hizo a Alfonso XII a su vuelta a España, Antonio fue nombrado “Fotógrafo de Cámara, con el uso del escudo de Armas Reales en sus targetas y facturas»” (1875); además recibió la Legión de Honor y numerosas condecoraciones españolas y extranjeras. Participó en la Exposición aragonesa (1868), la Centennial de Filadelfia (1876) y la Universal de Barcelona (1888). Al mismo tiempo, Antonio y Anaïs invirtieron en propiedades urbanas y rústicas, de tal forma que en los años noventa, en muchos documentos, él se declaraba “propietario”, en lugar de fotógrafo.
Con una empresa boyante de fotografía, los Napoleón decidieron derribar en 1891 el viejo edificio que albergaba el estudio y levantar una lujosa construcción neoplateresca (obra del arquitecto Francisco de Asís Rogent Pedrosa), que se inauguró en 1894 y todavía existe (modificada, en la Rambla de Santa Mónica, n.º 18). El nuevo edificio –»un gran palacio para la fotografía», según Català Pic- tenía varias galerías de pose, una de ellas para niños, salas de espera, de retoque y pintura, laboratorios, jardín para retratos ecuestres, entrada de carruajes, etc., como los grandes estudios de la época (Alinari en Florencia, por ejemplo), además de vivienda familiar y pisos para alquilar.
El estudio de fotografía Napoleón se dedicó sobre todo al retrato, que era el verdadero negocio desde que Disdéri patentó la carte-de-visite en 1854, pero también fotografiaron lugares, monumentos y, a medida que se acercaba el fin de siglo y el papel de Emilio crecía, acontecimientos. Desde los daguerrotipos iniciales, la casa Napoleón trabajó con todos los formatos y practicó todas las técnicas: negativos al colodión húmedo sobre vidrio y positivos en papel albuminado, placas secas (gelatina y plata), esmaltes, pruebas microscópicas y retratos estampados en oro, plata y cobre, ampliaciones y reproducciones al carbón, al platino inalterable, al óleo y a la aguada, como anunciaban en 1894. En los años ochenta compraron patentes y privilegios para explotar en exclusiva algunos procedimientos fotográficos como las impresiones sobre barro cocido, loza, biscuit, porcelana (1883), espejos (1884), y para hacer “linografías” (1883). El deseo de ofrecer una producción no sólo de calidad sino rara y lujosa, los llevó a utilizar en el fin de siglo impresiones sobre madera quemada y sobre planchas doradas (de oro, dice la publicidad), de cobre o de laca, y a colaborar con artistas japoneses a través de una tienda de artículos de Japón en Barcelona (1895), en los años de la moda del japonismo.
El éxito de la casa Napoleón fue tan grande que le salieron imitadores: otros estudios de fotografía en Barcelona que llevaban el mismo nombre, al que añadían un discreto ordinal romano al lado (Napoleón I, IIII, etc) que ofrecían precios más baratos y con los que Antonio y su familia pleitearon en varias ocasiones.
A finales de siglo, como otros fotógrafos contemporáneos (Juan Martí 1832-1902, entre ellos), la casa Napoleón incluyó el cine entre sus negocios, exhibiendo y también produciendo películas. El 10 de diciembre de 1896 en el entresuelo del nuevo edificio de la Rambla se abrió el Cinematógrafo Lumière o Cinematógrafo Napoleón, la primera sala de Barcelona, en una sesión a la que asistieron los inventores, los hermanos Lumière (Louis y Auguste). Se trataba de un espacio lujoso, frecuentado por la misma clientela que el estudio fotográfico y con precios altos. Pero, como sucedió en otros muchos casos, la presión cada vez más fuerte de la competencia y el carácter elitista de la sala les obligó a traspasar el negocio en 1907 y finalmente a cerrarlo en 1910. También intentaron seguir el negocio con otra sala más barata –Cinematógrafo del Paralelo– en un una zona más popular y dedicada a la diversión entonces, el Paralelo (en un solar junto al Café Circo Español), pero tampoco funcionó. Entre las películas exhibidas por los Napoleón abundaban las que tenían al clero como protagonista, en una selección que la tradición familiar atribuye a Anaïs.
Anaïs murió en 1912 y Antonio cuatro años después, el 2 de febrero de 1916, de una «bronco-neumonía», ambos en su domicilio de la Rambla de Santa Mónica, y se enterraron en el panteón familiar del cementerio de Montjuich. Antonio dejaba un negocio que vivía los últimos años de prosperidad en manos de su hijo Emilio, que siguió al frente de él hasta su fallecimiento en 1933, aunque con un papel cada vez más importante de su sobrino Santiago Feliú Fernández (1878-1966), nieto de los fundadores. En 1935, ya en una época menos favorable para los estudios de retrato, la casa Napoleón abandonó su lujoso emplazamiento de la Rambla para ir a uno mucho más sencillo en la calle Pelayo 34, hasta su cierre a finales de los años sesenta, cuando lo regentaba Mercedes-Fabiola Pérez Feliu.
Se conservan fotografías de la casa Napoleón en las colecciones del Archivo Fotográfico de Barcelona, Archivo Nacional de Cataluña, Museo Frederic Marés, Patrimonio Nacional y en numerosas colecciones privadas especialmente de Cataluña.
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- Imagen: Antonio Fernández Soriano, alias «Napoleón». Autorretrato, hacia 1865. Positivo en papel albuminado, a partir de negativo al colodión húmedo, formato tarjeta de visita. Colección particular de Publio López Mondéjar.