Los primeros años de la vida de Francisco Nieva transcurren en Valdepeñas, donde el padre, que llegaría a ser gobernador civil de Toledo durante la II República, era oficial del Ayuntamiento. Esos años de infancia y adolescencia están marcados por un ambiente familiar en el que se venera el arte y la lectura, por una madre de “desbordante imaginación” (así lo señala el propio Nieva en sus memorias Las cosas como fueron, 2002) y por una educación no reglada, pero sí guiada por un maestro y poeta de la talla de Juan Alcaide Sánchez.
Cuando en 1941, la familia, empobrecida por la recién acabada Guerra Civil, se establezca en Madrid, Francisco, junto a su hermano Ignacio (1928-2005), viven años de penuria que se ven aliviados por la vocación artística de los hermanos, claramente alentada por la madre: Nieva entrará en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, sobre todo, establecerá contacto con dos de los impulsores del Postismo, Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory, cuyo influjo habrá de ser definitivo en la poética de nuestro autor. Son años en los que comienza a pergeñar muchos de los que serán los argumentos y los personajes de su teatro (Centón de teatro, 1996 y 2002), pero en ese momento es sobre todo un pintor que trata de abrirse camino y que establece relaciones con el grupo COBRA del Benelux y con personas que comprenden su valía artística y lo encaminan ya a comienzos de los años 50 a la obtención de una beca que lo traslada a París.
El ambiente parisino en esos años de existencialismo y posvanguardia lo conducen a la obra de Artaud, Adamov, Beckett, Ionesco, Bataille y a los primeros escritos de Barthes. Accede a ellos desde una posición privilegiada gracias a su matrimonio con Genevieve Escande, hija del doctor Escande y agregada del Centre National de la Recherche Scientifique. Cuando ya en la década de los 60 Nieva se establezca en Venecia, mantendrá esa capacidad para relacionarse con los grupos más artísticos y modernos de la ciudad italiana. Tanto en Valdepeñas, como en Madrid, París o, ahora, Venecia, Nieva es un espíritu artístico y libre que atrae y es atraído por lo moderno y la novedad. En la ciudad italiana comienza a encontrar una voz propia que se materializa en la escritura de los primeros bosquejos de Pelo de tormenta y en el inicio de lo fue “para mí una racha de felicidad creadora, que casi ha durado treinta y cinco años, como poco” (Las cosas como fueron. Memorias, 2002).
En el regreso a España a mediados de la década de los 60, y compaginándola con algunos trabajos escénicos en Italia y Alemania (por ejemplo, el ballet Cinderella de Prokofiev, dirigido por Felsestein, en 1968), comienza su labor escenográfica y de autor de decorados de la mano de José Luis Alonso (El rey se muere de Ionesco, 1964) y Adolfo Marsillach (Marat-Sade, 1968), con una atención preferente, en esos primeros momentos, por el teatro musical (La vida breve y El retablo de maese Pedro de Falla, Pepita Jiménez de Albéniz; todas ellas en 1969). La excelencia de su trabajo se ve recompensada con una beca de ampliación de estudios en diversas ciudades europeas por parte de la Fundación March y, sobre todo, con su entrada, como profesor -lo será hasta su jubilación- en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.
La tarea de director de escena la mantendrá casi hasta el final de su vida, ya sea con el montaje de obras ajenas (Los baños del Argel de Cervantes en 1979, por el que recibirá el Premio Nacional de Teatro; Don Álvaro del duque de Rivas en 1983) como propias, aunque progresivamente será a estas a las que se dedique casi por completo. Animado por la admiración que la lectura de sus escritos y comedias despertaba en amigos como Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño o Claudio Rodríguez, da a conocer su teatro solo unos años más tarde de su regreso a España, aunque es cierto que la publicación en 1971 de Es bueno no tener cabeza se hace en una revista, Primer acto (donde en 1973 aparecerán otras obras breves y la más extensa Pelo de tormenta) y que el primer libro no aparece hasta 1972 con la publicación de Tórtolas, crespúsculo… y telón.
Pero, sin duda, la presentación social del Nieva dramaturgo se produce en 1976, cuando se estrena Sombra y quimera de Larra. Representación alucinada de no más mostrador, solo un año después de que Moisés Pérez Coterillo hubiera preparado para la editorial Akal la edición de Teatro furioso, que contiene alguna de las obras más representativas de las que terminarán por ser las vertientes principales de su teatro, el Furioso y el de Farsa y Calamidad: El combate de Ópalos y Tasia, Pelo de tormenta y Coronada y el Toro, El rayo colgado, El paño de injurias y El baile de los ardientes, escritas en los años sesenta y setenta, aunque en el caso de Nieva la fecha de escritura es en muchas ocasiones muy difícil de precisar.
A partir de este momento Nieva vive un momento dorado en el que se le abren las puertas de los mejores teatros y de las más prestigiosas editoriales: en 1976 el Teatro Fígaro estrena El combate de Ópalos y Tasia y La carroza de plomo candente; en 1977 el festival de Mérida programa su versión de La Paz de Aristófanes (volverá a hacerlo en 2004 para celebrar el primer centenario de su nacimiento); en 1978 el teatro Bellas Artes lleva a su escenario Delirio del amor hostil; en 1980 en el teatro Marquina se representa La señora tártara, y la editorial Cátedra, en su colección Letras Hispánicas, edita Malditas sean Coronada y sus hijas y Delirio del amor hostil; en 1982 el teatro María Guerrero estrena Coronada y el toro, Premio Nacional de la Crítica de 1983.
En menos de diez años Nieva ha pasado de ser un autor desconocido a ser uno de los más reputados dramaturgos españoles. El prestigio de su obra se consolida de manera casi vertiginosa en esa década de los 80 y se afianza en la de los 90. En 1986 es elegido miembro de número de la Real Academia de la Lengua. En 1992 se le concede el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Comienzan sus colaboraciones en el diario Abc; se le reclama para dirigir y adaptar textos teatrales; editoriales como Espasa Calpe y críticos como Andrés Amorós publican y estudian sus obras. Lo que el autor ofrece y tanto atrae en ese momento es lo que Carlos Bousoño llamó, en un artículo publicado en El País, el “más alto estilo”, el que partiendo de la tradición consigue ofrecerse como nuevo gracias al espíritu vanguardista que lo anima tanto ideológica como estéticamente. Esto puede ser observado en las tres direcciones principales en las que Nieva divide su teatro desde los años setenta: Teatro de Crónica y Estampa, Teatro furioso y Teatro de farsa y calamidad. En el futuro añadirá otras, pero estas tres las mantiene tanto en la edición de su Teatro completo (Junta de Castilla-La Mancha, 1991) como en las Obras completas (Espasa, 2007).
El primero de ellos está formado por una sola obra, Sombra y quimera de Larra. En ella, a partir de la versión de No más mostrador de Larra, Nieva, con una estética que conecta con las otras dos vertientes de su teatro, nos introduce en una época, el siglo XIX, y un personaje, Larra, que le sirven, como más adelante en sus obras no historicistas, para mostrar una idea de España en ese momento de transición a la democracia. Este teatro más convencional contrasta de manera llamativa con lo que es el origen del teatro de Nieva, el Teatro Furioso, compuesto por Pelo de tormenta, Nosferatu, Es bueno no tener cabeza, La carroza de ploma candente, El combate de Ópalos y Tasia, Los españoles bajo tierra, El fandango asombroso, El rayo colgado, La magosta, El paño de injurias y Coronada y el toro. Su escritura se corresponde con los años 60 y 70, aunque Nieva ha modificado sus obras de manera sistemática cada vez que han sido reeditadas o puestas en escena. En estas, el autor opta por un teatro extremado, rebelde, transgresor, desafiante, de corte claramente vanguardista e irracionalista. El lenguaje está altamente manipulado en función de las continuas creaciones neológicas y juegos de palabras y de sentido. Todo ello se pone al servicio de una ética que defiende la libertad y el derecho a la diferencia, que abomina de la opresión y el corsé moral. Es un teatro que habla de la España negra y, de manera simbólica, de la grisura de la dictadura, pero no se detiene solo en ello porque, más allá de una lectura coyuntural, lo que muestra es la crítica de toda autarquía y la defensa de un sistema que aliente el espíritu libre del ser humano.
El de Farsa y Calamidad lo componen un número mayor de obras: Malditas sean Coronada y sus hijas, Tórtolas, crepúsculo y telón, El maravilloso catarro de Lord Bashaville, El corazón acelerado, Caperucita y el otro, Delirio del amor hostil, La señora tártara, No es verdad, Te quiero, zorra, El baile de los ardientes, Catalina del demonio, Salvator Rosa, El espectro insaciable, Corazón de arpía, Carlota Basilfinder, Ascensor, ¡Viva el estupor!, Los mismos y las cuatro piezas de Misterio y festival. Algunas de ellas coinciden en fechas con las del Teatro Furioso, pero aquellas se escriben sobre todo a partir de los 70 y 80. La diferencia literaria y teatral es en muchos casos de matiz. Es este un teatro menos hiriente, menos transgresor, menos irracionalista, aunque muchas veces mantiene características muy similares. Son obras en las que la estructura está más racionalmente trabada y los personajes son menos esquemáticos que los del Tetro Furioso. Algunas obras, sin embargo, podrían convivir perfectamente con este; otras, sin embargo, presentan estructuras, personajes y lenguajes casi convencionales.
Es a esta vertiente de su teatro en la que se podrían también englobar las obras que en la edición de 2007 quedaban fuera de las tres señaladas, como las adaptaciones libres (la ya señalada de Aristófanes, Las aventuras de Tirante el Blanco, 1987, y El manuscrito encontrado en Zaragoza, Premio Nacional de Literatura Dramática 1992) y las escritas con posterioridad, especialmente las siete piezas incluidas bajo el título de Teatro caliente, en las que un Nieva ya en la senectud demuestra su vigor literario. Vigor que también se observa en la dirección escénica de sus obras: si ya fueron destacables, tras el éxito de La señora tártara (1980) y Coronada y el toro (1982), las puestas en escena, por ejemplo, de El baile de los ardientes (1990) o Los españoles bajo tierra (1992), sigue desempeñando esa labor hasta los últimos años de su vida con, por ejemplo, la puesta en escena en el Teatro Valle-Inclán de Tórtolas, crepúsculo y…telón.
Unida a su labor como dramaturgo está la de narrador, aunque no publica su primera obra narrativa hasta 1994, Granada de las mil noches (1994), a la que siguen El viaje a Pantaélica (1994), La llama vestida de negro (1995), Oceánida (1996), Carme de murciélago (1998), Los rabudos y otros cuentos (2000), Argumentario clásico (2001), La mutación del primo mentiroso o el estilo que mata (2004). De todas ellas sobresale de un modo especial El viaje a Pantaélica, escrita a partir de los años 60, en la que pueden reconocerse muchos de los temas, motivos, personajes y modos expresivos de su teatro. En una dirección narrativa diferente, la del memorialista, da a la imprenta en 2002 Las cosas como fueron. Memorias. Además de la calidad literaria de la prosa, debe destacarse el carácter narrativo de la primera parte del volumen, centrada en el relato no novelado, pero sí novelesco, de su propia vida, y, sobre todo, la información imprescindible que en la segunda parte de la obra ofrece sobre la escritura y estreno de sus principales obras.
Su labor como articulista es intensa desde los años 80 en diversos medios, pero sobre todo en los diarios Abc y La Razón, diario este último para el que no dejó de escribir hasta su muerte y en el que se publicó al día siguiente de esta el último de sus artículos, “Érase una vez”. Algunos volúmenes recogen parte de esta faceta: En tela de juicio (1988), El reino de nadie (1996).
En los últimos años de su vida, y aun cuando seguía gozando de un importante reconocimiento público y privado, su obra cayó en un relativo olvido por parte de las instituciones y del público, más atento en esos momentos a modos teatrales diversos y, sobre todo, a un teatro menos literario que el de Nieva. Esta tendencia se ha visto rota, sin embargo, con dos montajes dirigidos por Rakel Camacho: el de Coronada y el toro en 2023 para el Teatro Español de Madrid y el de La Paz en 2024 para el Festival de Mérida y los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid.
Bibliografía:
- Nieva, Teatro completo, 1991.
- Obras completas, 2007.
- Aggor, Francisco Nieva y el teatro posmodernista, 2009.
- M. Barrajón, “Introducción: Francisco Nieva; poética teatral”, en F. Nieva, Obras completas.
- F. Peña, El teatro de Francisco Nieva, 2001.

