Conocido por El Pacificador, fue vizconde de Banderas, conde de Luchana, duque de Morella, duque de la Victoria, príncipe de Vergara, presidente del Consejo de Ministros y Regente del Reino de España.
Con la entrada triunfante de Espartero en Bilbao el día de Navidad del año 1836 se inicia, además del cambio de rumbo de la guerra carlista, el nacimiento del mito del «general del pueblo». A pesar del protagonismo de Espartero en el tránsito del absolutismo al liberalismo a mediados del siglo XIX, en opinión de su biógrafo, Adrian Shubert, «ha sido borrado de la memoria histórica española». Con esta biografía queremos reconocer al militar y al político, nacido en Castilla-La Mancha, que fue considerado un héroe frente al carlismo, mito del liberalismo, prohombre de los progresistas y hasta reconocido por los primeros republicanos, a pesar de su defensa tan dogmática del Trono.
Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez del Toro fue el menor de los nueve hijos nacidos del matrimonio formado por Antonio Fernández Espartero y Josefa Álvarez. Desde muy pronto firma, sin conocer muy bien la razón, con el nombre de pila y el segundo apellido del padre. Su lugar de nacimiento, Granátula de Calatrava, era una localidad de unos de unos tres mil habitantes dependiente de Almagro (Ciudad Real). Su padre era carretero, oficio habitual en una zona de paso hacia Andalucía, y le procuró estudios en el Convento-Universidad de Almagro, tras una eficaz preparación en Granátula por el preceptor en Gramática, D. Antonio Meoro. Obtuvo el título de Bachiller en Artes y Filosofía en 1807 y al año siguiente se incorporó al cuerpo de estudiantes, creado para combatir a los franceses. Alcanzó el grado de teniente de ingenieros en 1811 y pasó a la armada de infantería en 1814, siendo destinado un año después a la expedición del general Morillo a América.
A partir de este momento su «hoja de servicios» se agrandaría como voluntario con el ejército realista en América (1815-1825), oficial repatriado sin mando efectivo (1826-1828), militar rehabilitado (1828-1834) y su ascenso definitivo a Capitán General en 1838 por su gran actividad en el bando de los isabelinos en la guerra carlista. Ambos conflictos bélicos, la guerra de la Independencia y el que pone fin al Imperio colonial de Latinoamérica, forjaron al «bizarro» militar Espartero. En tantos años de vida castrense son muchos los hechos y batallas que se podrían resaltar, algo que ya hicieron los literatos de la época con la publicación y ensalzamiento de sus hazañas bélicas, como hiciera su biógrafo Martínez Villergas. Su popularidad se intensificó con la profusa divulgación de su figura militar y política a través de grabados, litografías, estampas, folletos, coplas, rituales de aclamación, discursos, calles y plazas en las ciudades y todo tipo de imágenes que constituyeron un capital simbólico como no tuvieron otros militares ni los mismos monarcas. Su historia fue, según el también biógrafo A. Pirala, «la más popular; ninguna se proclamó en más folletos y artículos ni produjo las manifestaciones tan numerosas como espontáneas». En definitiva, la valoración sobre el militar y político se encuentra dividida entre los que resaltaron su valor, disciplina y bravura y los que, como Fernando de Lesseps, lo retrataban como un general mediocre y lleno de vanidad.
A pesar de las adversidades en sus primeros años de vida, Espartero supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron y construir un camino hacia el éxito. Su historia es la de un hombre que pasó de ser un joven de origen humilde a convertirse en una figura clave en la historia de España. A partir de su triunfo en Luchana, Espartero se transformó en el general liberal victorioso e ídolo de masas. Su fama se acrecentó al acabar la guerra civil carlista en 1839-1840 y defender la Constitución en septiembre de 1840. Este «general del pueblo», y «espadón del progresismo», fue el «español más popular del siglo XIX».
En política, vivió el nacimiento del liberalismo español en Cádiz, corriente política que no abandonaría nunca. Convencido de que su destino era gobernar a los españoles, fue dos veces presidente del Consejo de Ministros y llegó a la Jefatura del Estado como regente durante la minoría de edad de Isabel II. Fue el único militar español con tratamiento de «Alteza Real», aunque rechazó la Corona tras la expulsión de Isabel II y, desde muy joven, fue tratado como una leyenda, pero terminó decepcionando a las élites progresistas. La historiadora Isabel Burdiel lo define como «un hombre extraordinariamente complejo en su aparente simpleza». Fueron muchos los que alabaron al militar y denigraron al político, como opina su también biógrafo el conde de Romanones: «Espartero, en su larga experiencia de la guerra, había adquirido cabal conocimiento de los valores militares; pero al llegar al campo de la política su ignorancia acerca de los hombres civiles era completa». En la introducción realizada sobre su hoja de servicios en 1852 se dice: «Espartero no es de la escuela de Maquiavelo, sino de la de Washington y de Lincoln».
En la biografía de Espartero no puede faltar su vida en Logroño, lugar donde pasó muchos años tras su alejamiento de la política y donde está enterrado. Allí se casó con la joven riojana María Jacinta Guadalupe Martínez de Sicilia y Santa Cruz, que pertenecía a una de las familias más acomodadas de Logroño. La ceremonia se celebró en la Iglesia Colegial de Santa María la Redonda de Logroño en su altar mayor el 11 de septiembre de 1827. En las numerosas cartas que escribiría a Jacinta, fue siempre su «chiquita». Ambos murieron sin descendencia. La familia Espartero-Martínez de Sicilia acumuló varias propiedades rústicas y urbanas en Logroño, lugar donde también emprendieron negocios relacionados con el vino, fruto del que nacieron las bodegas Marqués de Murrieta. En la actualidad Logroño conserva la memoria de Espartero con una ruta turística que lleva su nombre y en el Paseo del Espolón de Logroño existe una estatua ecuestre que recuerda a Su Alteza Real, el príncipe de Vergara.
Espartero, El Pacificador
A la muerte de Fernando VII, Espartero apoyó la causa de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón frente a Carlos María Isidro. Durante la primera guerra carlista, el general Espartero dio muestras de sus cualidades como militar, destacando su valentía y convirtiéndose en un héroe nacional, tras la firma del Convenio de Vergara. Se trata de un tratado firmado en Oñate (Guipúzcoa) el 31 de agosto de 1839 entre el general isabelino Espartero y el general carlista Maroto. El convenio quedó confirmado con el abrazo que se dieron Espartero y Maroto, ante las tropas de ambos ejércitos reunidas en las campas de Vergara, razón de su nombre popular. En este acuerdo fue decisiva la mediación del almirante John Hay, jefe de la escuadra de observación británica con base en Bilbao, que desde 1837 había comenzado a sondear a los generales de ambos bandos para hacer fructificar la finalización de la guerra.
En un ambiente de conspiraciones entre las dos alas del liberalismo (progresistas y moderados), se produjo la revolución de 1840 y la dimisión de María Cristina, sucediéndole como regente el general Baldomero Espartero. Fue un momento en el que las posibilidades de afianzar el liberalismo progresista fracasaron por la desunión entre los mismos partidarios de Espartero y por los duros ataques de sus adversarios políticos. El 10 de noviembre de 1843 la joven reina Isabel II jura la Constitución de 1837 en el Palacio del Senado, habiéndose declarado su mayoría de edad, aunque le faltaba un año para cumplirla. A pesar de ser un hombre de guerra, siempre que pudo optó por las soluciones políticas, lo cual le hizo merecedor de ser llamado “el Pacificador”.
Espartero en Inglaterra y su regreso a la política
Con el fin de la Regencia, Espartero tuvo que exiliarse a Inglaterra y no volvió a la política española hasta 1854, cuando fue nombrado presidente del Consejo de Ministros, dando paso al Bienio Progresista. Tras la vuelta de los moderados al poder en 1856, Espartero se retiró de la política instalándose en Logroño. Su último episodio político fue la oferta de la corona que le hizo Prim en 1870, pero no la aceptó. Su conocida frase «cúmplase la voluntad nacional» adquiría sentido.
En el contexto de la Europa revolucionario de 1848, y tras los once años de gobiernos moderados con Narváez a la cabeza, los progresistas promueven juntas revolucionarias y a la de Zaragoza acude Espartero, que vive retirado en Logroño. El mito de Espartero parece renacer como símbolo de la democracia, pero la situación con O’Donnell es explosiva y Espartero decide no intervenir. Vuelve a Logroño, vencido y amargado, de donde no salió ya en los veinticuatro años que le quedaban de vida. Incluso llegó a rechazar en 1870 la propuesta del rey de España. En su respuesta les manifestaba literalmente «siempre estaré dispuesto a sacrificar mi vida por la libertad y ventura de la patria; pero un deber de conciencia me obliga a manifestar respetuosamente que no me sería posible admitir tan elevado cargo, porque mis muchos años y mi poca salud no me permitirían su buen desempeño». Alfonso XII, tras sus victorias sobre los carlistas, le hizo una visita en Logroño. Allí, tuvo el detalle de imponerle su Cruz Laureada, que había recibido en 1838.
Los dos grandes políticos militares del siglo XIX, Espartero y Narváez, tenían en Inglaterra y en Francia más que un lugar de exilio cuando perdían el poder; se trataba también de un modelo de Estado. Espartero era anglófilo en su concepción de la política y Narváez era francófilo. Por eso, cuando triunfaban los conservadores del Partido Moderado de Narváez, Espartero se exiliaba en Londres, donde era recibido con todos los honores de un jefe de Estado; y cuando triunfaban los liberales de Espartero, Narváez se exiliaba en París, igualmente agasajado.
El legado de Espartero
Con la desaparición física de Espartero en enero de 1879, comienza a desvanecerse el aura construida en torno al héroe liberal y defensor de la monarquía constitucional. Recogiendo las ideas del biógrafo de Espartero, el hispanista Adrian Shubert, más allá de una historia de vida, y a modo de conclusión, también nos interesa resaltar sus tres consideraciones planteadas sobre la época que le tocó vivir: la cuestión de género, la identidad nacional y la conflictividad sobre su memoria histórica.
El nuevo orden liberal requería una redefinición del papel de la mujer tras la caída del Antiguo Régimen. Tradicionalmente, la imagen de España como un país atrasado donde las mujeres no se incorporaron al nuevo estatus liberal, se ha modificado con la valoración de la mujer en la educación y en otros aspectos sociales, siendo Jacinta un modelo de esa nueva feminidad. De todas formas, tendremos que esperar a 1876 y a la aparición de la Institución Libre de Enseñanza para una apuesta por la educación femenina y por la coeducación.
La etnogénesis de la nación española durante el siglo XIX, siguiendo a Álvarez Junco, se vio afianzada con la Guerra de la Independencia, primer hito histórico en el que participa Espartero. Pero fue en las posteriores movilizaciones populares en las que se implantó el liberalismo donde los constructores de la nación vieron en el general al líder que necesitaban. El mismo Karl Marx así lo percibía cuando expresaba que su popularidad provenía de su pertenencia al pueblo. En el complicado proceso de la construcción nacional, la contribución del militar y político debido a su carisma, la romantización del personaje y el capital simbólico que siempre le acompañó fueron decisivas para el modelo liberal de nación que defendieron los progresistas.
Y por último la memoria y los recuerdos colectivos. Siguiendo a A. Shubert, Espartero «tiene críticos, pero no tiene defensores». A los pocos años de su muerte, paulatinamente fue desapareciendo la efervescencia esparterista de tiempo atrás, desapareciendo su nombre hasta del callejero. Durante el franquismo, la ideología belicista de Mola, que no apostaba ni por las rendiciones ni por los abrazos (en referencia al Convenio de Vergara) y el secular antiliberalismo de Franco hicieron que Espartero continuara en el olvido. Un militar como Franco no podía competir con el auténtico «general del pueblo» del siglo XIX. A excepción de algunas iniciativas locales, durante la etapa democrática actual, la figura política de Espartero sigue siendo «polémica y esencialmente huérfana» (A. Shubert). Recientemente, en Castilla-La Mancha y en su pueblo, Calzada de Calatrava, el Ayuntamiento ha instalado en su casa natal un centro de interpretación sobre su vida y el contexto político de la época.
Bibliografía:
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- BURDIEL, I. (2016). Isabel II. Una Biografía (1830-1904), Taurus Historia, Madrid
- CONDE DE ROMANONES, Espartero, el general del pueblo, Madrid, IK Memoria de Libertad, 2007.
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- Hoja de Servicios del Excmo Sr. Capitán general D. Baldomero Espartero, duque de la Victoria y de Morella, Barcelona, Tipografía Narciso Ramírez, 1861.
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- MARTÍNEZ VILLERGAS, J., Paralelo entre la vida militar de Espartero y la de Narváez, Madrid, Imprenta Antonio Ortigosa, 1851.
- PIRALA, A., Historia de la Guerra civil y de los partidos liberal y carlista, corregida y aumentada con la historia de la Regencia de Espartero, Madrid, 1891.
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- SHUBERT, A., Espartero, el Pacificador, Barcelona Galaxia Gutenberg, 2018.
- VIDAL DELGADO, R., El Pensamiento militar de Espartero. Tesis Doctoral inédita, Granada, 2002.
Webgrafías:
- https://www.zumalakarregimuseoa.eus/es/actividades/investigacion-y-documentacion/historia-del-siglo-xix-en-el-pais-vasco/biografias/baldomero-espartero-1793-1879
- https://www.congreso.es/es/cem/regespartero
- https://www.boe.es/biblioteca_juridica/abrir_pdf.php?id=PUB-DH-2023-273_1
- https://www.congreso.es/es/videoteca?p_p_id=videoteca&p_p_lifecycle=0&p_p_state=normal&p_p_mode=view&_videoteca_mvcPath=reproducir&_videoteca_idVideo=397
