Hijo de Facunda Moreno y de Francisco Gregorio Ayllón, escribano de Cuenca y, a la sazón, de la Subdelegación de Rentas de Cuenca, por su padre sentía Juan Amalio verdadera devoción. Gregorio Ayllón fue uno de aquellos masones, liberales, comuneros, milicianos nacionales y constitucionales conquenses compradores de bienes nacionales durante el Trienio Liberal que habían sido incluidos en el “Padrón de negros” por los “ángeles exterminadores” del terror blanco de Jorge Bessières en Cuenca. Amalio crecerá junto a su primo, el destacado político liberal y jurista Mateo Miguel Ayllón, de quien Gregorio Ayllón se hizo cargo al quedar el que fuera ministro de Hacienda huérfano de padre y madre a muy temprana edad. En Cuenca recibió la enseñanza de las primeras y segundas letras antes de trasladarse a cursar estudios de Derecho en la Universidad de Alcalá (1833-41) y aunque solicitó el ingreso en la carrera judicial en 1842 su expediente personal nos muestra que su solicitud no se resolvió.
De sus primeros años en Cuenca poco sabemos salvo que aparece entre los principales hombres de la burguesía conquense que compraron bienes desamortizados. En concreto el ex convento de Trinitarios donde, según Muñoz y Soliva, establece en 1840 una caldera para fabricación de jabones ralos. No se puede decir que Amalio Ayllón perteneciese a partidos radicales o fuera antidinástico, ni que profesara las ideas más liberales pero como moderado centrista, entrará a la vida política conquense en 1843 formando parte de la Junta de Gobierno que protagonizó el pronunciamiento antiesparterista. Como vocal secretario de esta Junta, defensora del trono de Isabel II, la Constitución de 1837 y la independencia del Ministerio de Joaquín María López, Amalio, firma la Proclama en la que se definía el tan claro como escueto programa del gobierno de López, en el que se encontraba su primo Mateo Miguel Ayllón como ministro de Hacienda (Vallejo: 2012). En El Eco del Comercio (18-6-1843) se daba noticia del establecimiento de esta Junta de Cuenca calificando a Amalio Ayllón como “sobrino del ministro”. A instancias de Fermín Caballero y en consideración a los servicios prestados a la Patria y al Ministerio de Joaquín María López, Amalio Ayllón, junto al resto de miembros de la citada Junta de Salvación, es nombrado caballero de la Orden Americana de Isabel la Católica. Unos servicios patrióticos que, además, le fueron recompensados con su nombramiento como oficial mayor de la secretaría de la Diputación Provincial con una renta de 10.000 reales y con el de visitador de la renta del papel sellado y documentos de giros de la provincia de Cuenca (1845).
Su casa en Cuenca era punto de suscripción del periódico político industrial El Popular, adscrito al Partido Moderado y desde el que se defendía una posición centrista defensora del liberalismo y la monarquía, independiente a los ministerios del general Narváez (Seoane: 1998). También fueron puntos de suscripción los diarios moderados La Unión (1847), El Faro (1847) y La Prensa (1847) de los que pudo ser corresponsal en Cuenca. La empresa periodística de Ayllón le llevó a publicar en Cuenca junto a Rico, Priego y Soliva El Álbum (1848), de la que solo se publicó el primer número (agosto de 1848) porque lo retiró la autoridad (López Villaverde: 1998). Por el alzamiento progresista de 1854 dirigía Amalio Ayllón un periódico en Madrid que se titulaba El Debate del cual eran redactores Carlos Navarro Rodrigo, José Gallostra Frau y Antonio Hernández Amores. Luego indagaremos más sobre las empresas periodísticas de Amalio Ayllón.
Desconocemos la fecha en que vino su empeño de residir en Madrid –aunque parece probable que fuera antes de que mediara el siglo– donde la fortuna le mostró su faz halagüeña. En Madrid, como otros muchos de sus contemporáneos, va a probar suerte Amalio en el nunca fácil mundo literario. Aquí dará rienda suelta a sus inquietudes literarias. Así, en el mes de febrero de 1851, estrena en el Teatro del Drama un drama en cuatro actos y verso titulado Los Fueros de Cataluña. Al dar a luz esta primera obra la dedicará a su madre Facunda Moreno y a la sagrada memoria de su buen padre. Por el canónigo conquense Trifón Muñoz y Soliva sabemos que compuso algunas comedias muy aplaudidas a las que por desgracia no hemos encontrado la pista. Suyas parecen ser unas Observaciones acerca del establecimiento en España de un Banco Hipotecario (1868) que guardan relación con una solicitud que Amalio, junto al conde Pomar y Eleuterio González de la Mota, en representación de la Compañía Internacional de Crédito, elevan al Senado en 1864 con la petición de que se desaprobara el proyecto de le ley relativo a la fundación del Banco de Crédito Territorial. Chocaba esta idea con los intereses de algunas de las sociedades de las que formaban parte los solicitantes, pues el establecimiento de este Banco Hipotecario, que no verá la luz hasta el reinado de Amadeo I, en 1872, tenía por objeto “ayudar a la agricultura y financiar a particulares y empresas mediante préstamos a largo plazo, bajo interés y cómodos plazos de devolución, acabando así con los censos consignativos” (Valverde Villa: 2023). Más interesante debe ser la obra El mal y el remedio (1870) que por desgracia nos ha sido imposible consultar pero que atendiendo a su descripción bibliográfica y a que fue una expresión muy manida tanto en el discurso parlamentario como en el periodístico de la época, nos atrevemos a decir que se trata de un ensayo político regeneracionista de algo más de 90 páginas en el que se combate la inacción de los gobernantes y los partidos políticos del Sexenio Revolucionario ante los problemas que atravesaba el país y en el que se defiende la legitimación de la monarquía alfonsina y, por ende, la restauración borbónica en España.
A este respecto conviene saber que Amalio Ayllón era íntimo amigo del antiguo progresista Fernando Corradi (por entonces devenido alfonsino) al que debió conocer en Cuenca cuando tras el pronunciamiento de 1843 es elegido diputado progresista por Cuenca (1843). Con él parece factible que trabajara en la formación del Partido Popular Alfonsino cuyo germen lo encontramos en el Círculo Conservador de la calle Atocha (1870). Amalio Ayllón incluso procuró dar el salto a la política, sin duda beneficiado por todo ese bagaje empresarial y literario que le había granjeado múltiples influencias en las altas esferas madrileñas. Presentó su candidatura al Congreso por el distrito navarro de Aoiz (1863), candidatura que abandonó con un sentido manifiesto a sus votantes por las amenazas que sufrió por parte del gabinete de Miraflores y del Ministerio de Gobernación dirigido por Vaamonde.
Por Aoiz se presentaba Antero Echarri, magistrado del Supremo y protegido por la diputación de Navarra que siendo regente de la Audiencia de Albacete ya había representado a Navarra en las Constituyentes del Bienio. Pensamos que el que Ayllón se decidiera por este distrito navarro tiene que ver con que su amigo y socio el banquero Nazario Carriquiri lo hiciera por el de Tafalla. En un manifiesto llega a aconsejar a sus electores, que, si para evitar perjuicios les basta con votar al candidato del Gobierno, lo hagan así. Desde La Crónica de ambos mundos había aprobado Ayllón actos del Gobierno, que le combatió con amenazas de procesar a los que le votasen y otras medidas más fuertes. El Gobierno infringió la ley de tal manera que dividió el distrito del Roncal, que ni aún podía formar una sección por sí solo, pues contaba con 155 electores, debiendo constar, según la ley, con 200 a lo menos. Así para perjudicar a Ayllón, se llegó al extremo de convertir esta sección en un grupo de 46 electores. En vista de tal conducta, Amalio Ayllón, por humanidad, retiró su candidatura, pues el empeño del Gobierno hacía temer que si los electores se empeñaban en sostenerle, tendrían que llorar muchas familias. Este es otro capítulo más de la moralidad política del gabinete Miraflores.
En el campo de la literatura la empresa más trascendente de Ayllón va a ser la fundación de una revista en 1860. Tenía caprichos y mucho dinero Juan Amalio Ayllón y bajo su dirección, y con el pomposo título de La Crónica de ambos mundos (1860-63), va a publicar en Madrid una revista semanal política, literaria, científica, mercantil e industrial en la que colaboran algunos de los primeros intelectuales españoles del momento como Ferrer del Río, Núñez de Arce, Selgas, Colmeiro, Ruiz Aguilera, Florencio Janer, Julián Juderías, Gumersindo Laverde, Juan Valera o Gustavo Adolfo Bécquer. Conocía Ayllón a muchos de estos colaboradores al haber sido un prolífico dramaturgo con cierto éxito entre el público madrileño.
Como otras de la época, la hebdomadaria Crónica de ambos mundos nació con el expreso objetivo de “sostener los derechos de la justicia, los fueros de la razón, la razón de los principios” y para defender la causa “de la libertad contra la tiranía, de la verdad contra el error”. Una combativa tribuna ideológica y pedagógica desde la que Amalio Ayllón intentó unificar a las diferentes corrientes del liberalismo de los últimos años del reinado de Isabel II y en la que quiso dar idea del movimiento científico y literario de la Corte y la nación.
Fruto del estrechamiento de las relaciones entre ambos mundos, la burguesía española responde a los estímulos de la unificación de los países hispanoamericanos creando una serie de revistas universalistas como El Museo Universal, La América o Crónica de ambos mundos que, en ocasiones, no dejaban de ser una suerte de revistas enciclopédicas. Todas estas denominaciones hacen referencia al viejo y al nuevo mundo, entendiendo este último como el continente americano. Las barreras que antes separaban ambos mundos han caído ya para la participación de los negocios, de la industria y del comercio y en esta situación, a todos interesa tener noticia de todo (López Ocón: 1987). En este contexto la revista de Amalio Ayllón va a intentar competir con La América, una revista que había comenzado a publicarse en 1857 y en la que se habían integrado colaboradores de la desaparecida Revista española de ambos mundos. La Crónica iba destinada a un lector selecto, de altura intelectual, un espacio que ocupaban ya publicaciones como Revista de España, Revista Contemporánea y más tarde La Ilustración Española y Americana (Gómez Aparicio: 1967).
Al olor de lo que pagaba “el caballero rico y tonto” Ayllón –así lo definió el escritor y diplomático Juan Valera en una de sus cartas al filósofo Laverde–, diez duros por artículo, todos los autores del momento acudían a la redacción de la calle de la Magdalena, nº 38, con sus escritos. Aquí van a publicar algunas de sus primeras obras las escritoras Ángela Grassi o Rosalía de Castro. Núñez de Arce publicó, entre otras cosas, por entregas sus Recuerdos de la campaña de África, enseguida convertidos en libro. También Simonet dará a luz en las páginas de esta revista de sustancia sus Recuerdos históricos y poéticos de Toledo (1860). Y en ella publica Bécquer una de sus más impresionantes leyendas, La Cruz del diablo (1860). Guillermo Forteza, v.gr., escribe unas interesantes observaciones sobre el estado de las letras españolas en 1860 y Antonio María Fabié un excelso panegírico sobre Schiller, también en 1860. Por José Acosta Montoro (1973) sabemos de la amplia nómina de firmas con que contaba Crónica de ambos mundos.
En ella estaban el autor de las Doloras, Ramón de Campoamor, Pedro Antonio de Alarcón, Gaspar Núñez de Arce, Antonio Flores Algovia, José María Cuenca Lucherini, Ventura Ruiz Aguilera, Eulogio Florentino Sanz, Francisco de Canalejas, José Selgas, Antonio Trueba, Juan Valera los políticos Antonio Alcalá Galiano, Carlos Massa Sanguinetti, Antonio Cánovas del Castillo, Emilio Castelar, Cristino Martos, José Moreno Nieto, Carlos Navarro Rodrigo, Antonio Mena Zorrilla, Severo Catalina, Fidel Sagarmínaga, Ángel Saavedra (duque de Rivas), Enrique Saavedra (marqués de Auñón), Florencio Janer, Manuel y Miguel Colmeiro, los historiadores Salvador Costanzo, Antonio Ferrer del Río, Manuel Malo de Molina y Joaquín Maldonado Macanaz, los poetas Ángel María Dacarrate, Manuel Ortiz de Pinedo, Manuel del Palacio, Miguel Agustín Príncipe (quien dedicará a Amalio Ayllón una de sus famosas fábulas, La Locomotora y el tren, es la fábula XXIII de sus Fábulas en verso castellano publicadas en 1862), Damián Menéndez Rayón, Juan Antonio Viedma, los dramaturgos Juan Eugenio de Hartzenbusch, Antonio García Gutiérrez, Tomás Rodríguez Rubí y José Echegaray, Facundo Goñi, el pintor Sinibaldo de Mas (uno de los padres del iberismo), el químico Magín Bonet, el zoólogo Laureano Pérez Arcas, el crítico teatral Federico Balart, el economista Joaquín María Sanromá y el músico y secretario de la redacción de Crónica de ambos mundos, Vicente Cuenca Lucherini, entre algún otro. Tan relevantes firmas constituían no una mera coincidencia, sino la tónica a que aspiraba esta publicación editada entre 1860 y 1863 que tomó como modelo la francesa Revue des Deux Mondes.
En 1862, por falta de salud de Amalio Ayllón, se encargó durante algún tiempo de la dirección de La Crónica de ambos mundos, Gonzalo Castañón, conservando la propiedad del periódico nuestro biografiado. Adquirió por este tiempo la Crónica un carácter liberal ecléctico desde el que Castañón defendió la disidencia de Ríos Rosas y la candidatura del duque de Montpensier al trono de Méjico frente al ensangrentado mártir de Querétaro, Maximiliano de Habsburgo. Durante la etapa de Castañón al frente de la Crónica, la revista creada por Ayllón pierde todo su prestigio y el sobresaliente plantel firmas que adornaron sus páginas durante en el primer año la abandonan.
Nuevamente se hará cargo Juan Amalio de la revista. Después de tan brillante primera andadura y de no pocas vicisitudes y discontinuidades, la revista había tenido que recurrir a plumas de menor relieve, como las de sus “sobrinos” Emilio (colaborador frecuente desde diciembre de 1862) y Miguel Ayllón Altolaguirre quien en una sentida carta a su “querido tío” acepta “con extraordinario placer el honroso cargo de escribir -y ser redactor- en un periódico tan ilustrado, tan digno y tan independiente como La Crónica que ha sabido abrirse paso a través de las miserias de partido, colocándose con decisión inquebrantable en el firme cuanto hermoso terreno de la imparcialidad […], que tiene por faro la bondad y la justicia, es ciertamente una envidiable dicha, en la fatal época de impuro materialismo que atravesamos […]” (Jesús Vallejo: 2012). Sin duda, Crónica de ambos mundos es una publicación que merece un estudio más detenido.
Miembro de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, Amalio Ayllón era desde el 1º de diciembre de 1859 socio propietario del Casino del Príncipe. Como un ya destacado miembro de la alta sociedad madrileña es uno de los principales patrocinadores del notable compositor y pianista valenciano Blas María Colomer Pérez. El Día de los Inocentes de 1860, en el salón de la casa de Ayllón (por una suscripción a la Revue Spriritualiste dirigida por Z. J. Piérart sabemos que Amalio Ayllon vivía por entonces en la calle Amor de Dios nº 2, entre las calles de Atocha y Huertas, en el Barrio de las Letras), interpretó Colomer Dos variaciones sobre libretos de Norma y La sonámbula de Vincenzo Bellini y un Popurrí de aires nacionales compuesto por el propio Colomer (Sánchez García: 2024). Un año más tarde, Colomer era agraciado con el primer premio en un concurso nacional de piano y en 1863 con el de armonía del Conservatorio de París.
Inmerso en el campo de los negocios, Amalio Ayllón será un destacado miembro de la Sociedad Económica Matritense desde cuya sección de Vicesecretaría de Comercio intentará impulsar el establecimiento de bancos agrarios en industriales en España. Una interesante propuesta y más teniendo en cuenta la ausencia de créditos para las explotaciones agrícolas en el siglo XIX a lo que habría que sumar el fracaso tanto de los proyectos de reforma de la estructura de la tierra como de reforma agraria (Tortella: 1995). Una idea que se concretará años más tarde, en 1863, con la empresa El Cambio Internacional de la que serán socios –por citar algunas– destacadas personalidades como el duque de Rivas, Antonio Cánovas del Castillo o Ramón de Campoamor y La Compañía Internacional de Crédito hipotecario sobre la agricultura (1865) que contaba con la influencia de destacados miembros gubernamentales como González Bravo y Castro y del ex ministro de Gracia y Justicia Joaquín Aguirre. De estas compañías como en otras de las que hablaremos más adelante formaban parte sus parientes Dionisio María, Emilio y Miguel María Ayllón Altolaguirre, hijos del famoso político liberal y jurista conquense Mateo Miguel Ayllón Alonso. Forma parte también Amalio Ayllón de la compañía El Consuelo de las Familias (1861) especializada en el seguro de quintas y en la redención del servicio militar en cuyo consejo de administración encontramos al arzobispo primado de Toledo, al banquero Carriquiri y al ministro de Hacienda librecambista Laureano Figuerola.
Como hemos visto, no eran desconocidas las esferas de los negocios a Amalio Ayllón siendo también uno los fundadores y director general de las compañías de seguros mutuos sobre la vida de los ganados La Indemnizadora (1853), que a pesar de los sucesos revolucionarios de junio de 1854 no llegó a ser suspendida por el gobierno progresista como sí sucedió con la empresa valenciana de seguros de ganados titulada La Providencia. También fue director general Amalio del Montepío Universal (1857) “una gran caja de ahorros para todas las clases sociales y para todos los pueblos”, como rezaba su lema, cuyo director fue el ex ministro de Gobernación Melchor Ordóñez. Su junta de administración estuvo compuesta por cardenal arzobispo de Toledo, el duque de Rivas, el marqués de San Felices, Coello y Quesada, el general Tello, el periodista Calvo Asensio, Drameu, el conde de Sanafé, González Acevedo y cuya sede estaba ubicada en la castiza Plazuela de Santa Ana, nº 1. El director general de esta compañía Amalio Ayllón, y el banquero Nazario Carriquiri abrieron una suscripción nacional para subvenir los gastos de la Guerra de África (La Indemnizadora 1859-1860). Tuvo la honra de contribuir al filantrópico y patriótico objeto el Montepío Universal con la exigua suma de veinte mil reales.
El 10 de agosto de 1854 escribe Amalio Ayllón, como director general de La Indemnizadora, una sentida aclaración a los redactores de El Eco de la Veterinaria en que se defiende de unas acusaciones vertidas por esta revista en las que manifiesta ser falso que La Indemnizadora hubiera sido apoyada por el ministerio de San Luis y de haber hecho oposición a La Protectora, compañía de seguros de ganados domiciliada en Valencia. Por esta época tenía al frente la sociedad La Indemnizadora al marqués de Perales y uno de sus vocales era el ministro de Gobernación Francisco de Santa Cruz. No era rara la presencia en estas sociedades de crédito madrileñas de políticos bien relacionados y de propietarios fue muy destacada, así como la de inversores que ejercían distintas profesiones liberales que vieron en estas empresas un importante medio de enriquecimiento personal y, por ende, de ascenso social (Hoyo Aparicio: 2023).
Al pabellón árabe la Montaña del Príncipe Pío enviaron sus remesas los productores de Cuenca con motivo de la Exposición Agrícola organizada por el Gobierno y la Sociedad Económica Matritense el 24 de septiembre de 1857. Amalio Ayllón y el agente de negocios esparterista Gregorio Abollo fueron los representantes designados por la Comisión de la Provincia de Cuenca. En casa de Abollo, San Juan nº 4, se despachaban los billetes de la empresa de diligencias de Madrid a Tarancón y Cuenca que hacía el trayecto en un solo día. Fue muy celebrada en el banquete inaugural la miel presentada por Amalio Ayllón que llegó a ser calificada por cuantos la probaron “la miel más rica del mundo”. No se nos debe olvidar a estas alturas de la biografía que Amalio Ayllón es uno de los promotores y miembro de la junta protectora (era vicepresidente) del Instituto Ibérico de Ciencias, Artes y Oficios de Madrid (1861) cuyo objetivo no era otro que “amparar los sagrados derechos de la juventud, que son la fe en el progreso y sus títulos intelectuales para conquistar el porvenir, y promover el cultivo de las artes y el conocimiento general de los oficios”. En la entidad, presidida por Joaquín Aguirre, encontramos como vocales, entre otros a Emilio Castelar, Roberto Robert y Severo Catalina. No nos cabe duda del gran beneficio que esta sociedad lírico-dramática y de enseñanzas pudo reportar a muchos jóvenes estudiosos y padres de familia.
Por La Discusión sabemos que Amalio Ayllón es uno de los miembros de la Sociedad Económica Matritense que se encargó de estudiar y proponer los medios para la unión aduanera entre España y Portugal. En la cena, celebrada la noche del 23 de junio de 1860, en la Fonda del Cisne, estuvieron presentes entre otros muchos, Práxedes Mateo Sagasta, Antonio Oller Canovas y Emilio Castelar. La idea de formar una grande y poderosa nacionalidad ibérica afín al liberalismo económico partió del político e ingeniero de caminos bilbaíno Arturo de Marcoartu y contó con el apoyo unánime de gran parte de la prensa española y portuguesa del momento. En la mencionada reunión se propuso se preguntara el Congreso qué había sido de un proyecto de Antonio Romero Ortiz sobre que se fundaran cátedras en las sociedades literarias para explicar la necesidad de esta idea de redención nacional ibérica.
Corría el año 1861 cuando encontramos a Amalio Ayllón entre la ilustrada concurrencia que asistió a la reunión literaria que se celebró en el Teatro de la Zarzuela que tenía por objeto acordar los medios de rendir público tributo al aplaudido autor de El tanto por ciento, Adelardo López de Ayala. El iniciador de la idea no fue otro que Juan de la Rosa González. Le regalaron sus compañeros poetas un elogioso álbum de poesías y una corona de oro. Acudió Amalio en representación de la prensa madrileña formando parte de la junta rectora para el homenaje al mencionado dramaturgo sevillano adscrito al realismo literario. Sólo resta añadir que en la expresada junta se encontraba otro conquense, Severo Catalina, en representación de la Real Academia Española.
Junto a su hermana carnal, Luisa, se desplazó Amalio Ayllón a París desde julio a septiembre de 1861. Se hospedó en el Grand Hôtel Espagnol, fundado por el exiliado carlista Ciriaco Bilbao y situado en el número 10 del bulevar Montmartre –al lado del pasaje Jouffroy y del Museo de Cera–. Entre las personalidades alojadas en el lujosísimo hotel, más de doscientas entre señoritas y caballeros, se encontraban los generales Planas Moncada y Juan Van Halen, el comerciante cubano Ramón San Pelayo, el opulento capitalista vallisoletano Pedro Pombo, el senador Juan Antonio Iranzo y el periodista y político Práxedes Mateo Sagasta. No sabemos a qué acudió Ayllón a París pero sin duda debió quedar impresionado por las transformaciones urbanísticas que ya sufría por entonces la capital francesa. Quizá en la ciudad del Sena se viese con su tío, el conocido cura carlista Francisco Mariano Picarzo (“el buen padre Picarzo”), exiliado en Alençon desde el fin de la Primera Carlista. Quizá fuese a buscar inversores para sus empresas –aprovechando, al tiempo, para asistir a alguna sesión del medium Alan Kardec– o quizá simplemente a veranear como hacían muchos potentados de la época movidos por el esnobismo de visitar en París de Hausmann. Qué duda cabe de que Juan Amalio pudo asistir a la inauguración de la decoración del Boulevard Malesherbes el 18 de agosto de 1861.
A falta de una investigación más exhaustiva, parece lógico apuntar que es posible que Juan Amalio Ayllón también se dedicara a los negocios de la especulación inmobiliaria en Madrid. Su pariente, Mateo Miguel Ayllón, entre otras, tuvo posesiones en el Abroñigal. En estos terrenos del arroyo del Abroñigal que recorrían las huertas existentes entre la Castellana y el Paseo del Prado y el Retiro intentó construir Mateo Miguel una noria (azuda) para abastecer de agua a la crecida población madrileña (1843). Años más tarde, sus hijos Emilio, Dionisio María y Miguel Ayllón Altolaguirre van a proyectar la construcción de “un barrio de obreros y artesanos denominado de Santa María de la Cabeza”, que presentaron al Ayuntamiento de la capital y cuya tramitación se inició en el mes de abril de 1866. Es uno de los primeros que de estas características y siguiendo el modelo francés se proyectaron en España. El proyecto en cuestión ha sido estudiado por Clementina Díez de Baldeón (1986). Este tipo de construcciones económicas, y al igual que sucede ahora, no mostraron el interés ni de las administraciones ni de la iniciativa privada, quienes, como diría Joaquín Costa (1918), vieron en las construcciones de lujo y el mercado libre un lucrativo negocio sobre el que especular con crecidos alquileres expulsando con ello a las clases obreras de la ciudad.
El interesante proyecto de los hermanos Ayllón Altolaguirre no se puede entender sin este contexto. Además de responder a una demanda social, debieron pensar en los múltiples beneficios que este tipo de barrios para personas más modestas podían tener en la industrialización del país al situarlos cerca de los grandes centros de trabajo, industriales o agrícolas. Díez de Baldeón, señala que éste de los hermanos Ayllón Altolaguirre es un caso excepcional por el desinterés y el espíritu filantrópico de los propietarios de “mejorar, en lo posible, no sólo la condición material, sino moral de la clase más necesitada y numerosa”. La barriada se debía construir en unos bienes inmuebles que heredaron de su madre, la sevillana María de la Concepción Altolaguirre, en unos terrenos en Santa María de la Cabeza (manzanas 411 y 417), al sur del ensanche aprobado por el Gobierno y proyectado por Carlos María de Castro entre Santa María de la Cabeza y Embajadores.
El proyecto, finalmente frustrado por el Ayuntamiento popular septembrino de Madrid, preveía la construcción de, además de las barriadas separadas por la vía que conducía a la Glorieta de Embajadores, una escuela de párvulos y otras de niños y niñas, una Casa de Socorro, una oficina de vigilancia, habitación para el médico y el sacerdote, un casino para los obreros, un espacio para una sucursal de la Caja de Ahorros y hasta unos almacenes con efectos de vestir, de comer y demás necesidades para comprar a plazos y también de un pequeño mercado junto al cual se encontraba un local simétrico para el juego de bolos, vaqueta (variante de la pelota valenciana) y otros ejercicios donde el obrero podía entretener sus ratos de distracción. En el mismo local había un pequeño establecimiento en el que se podían despachar bebidas refrescantes. Como dice Wenceslao Gariña en la memoria justificativa del proyecto “La instrucción del obrero es en todos los países la llave de la civilización y en nuestro acaso la preferente”. Unos hermanos, los Ayllón Altolaguirre, pertenecientes a la burguesía más progresista, y cercanos ya al republicanismo, que se empezar a dar cuenta del problema de la cuestión social. Una cuestión social que tuvo en la provincia de Albacete una de sus iniciativas más interesantes con la construcción de 68 habitaciones obreras (“Las Casillas”) en Villalgordo del Júcar, junto a la fábrica de papel, que levantó el industrial y político Modesto Gosálvez Barceló.
La orientación de Amalio Ayllón a la gestión empresarial le lleva a entrar en el mundo de los ferrocarriles. Era éste un negocio bastante tentador y, en muchas ocasiones, muy lucrativo. En 1865 aparece como miembro del consejo de administración del Ferrocarril de Córdoba a Bélmez y Espiel. Como decía la prensa de la época, en un momento en el que estaban “a punto de concluirse las grandes líneas férreas que nos han de unir directa y rápidamente con el resto de Europa” era necesario activar y dar salida a la producción agrícola e industrial española facilitando la inversión de capitales y la fundación de compañías que como esta del Ferrocarril de Córdoba a Bélmez y Espiel trataba de enlazar estos ricos yacimientos de carbón con los puertos mediterráneos y atlánticos entre sí, a través de los ferrocarriles Córdoba-Málaga y Córdoba-Sevilla, respectivamente, y con Madrid.
El historial de intentos para construir este ferrocarril es amplio. Los orígenes hay que buscarlos en 1861 y en la figura de Francisco Romá quien tras una serie de vicisitudes cede sus derechos y obligaciones a la Compañía Internacional de Crédito en mayo de 1865 quedando esta compañía como contratista de la línea por 95.000.000 reales de vellón. Una línea excesivamente costosa que, entre otras malas inversiones, supuso la quiebra de la Compañía Internacional de Crédito, quien transfiere sus derechos al Montepío Universal, acreedora de aquella. La compañía de seguros universales tampoco llegó a ejecutar el proyecto a pesar de contar con una importante subvención del Estado que sería proporcionalmente cada vez mayor a medida que el Montepío Universal presentara proyectos más económicos. Una muestra de cómo el Estado, a pesar de la crisis financiera que vivía España en estos momentos, y, contradictoriamente al liberalismo económico que defendía, primaba la especulación en las obras públicas, con las consiguientes consecuencias para la industrialización del país (Tortella: 1973). Pensamos que el fracaso de este negocio se debiera quizá a que las sociedades de las que formaba parte Amalio Ayllón no se plantearan una explotación integral de los yacimientos carboníferos de la cuenca de Bélmez y del mencionado ferrocarril como sí hizo la sociedad mancomunada Loring, Larios y Heredia que obtuvo del Montepío Universal, en graves dificultades financieras, la construcción de este ferrocarril. Un ferrocarril que superadas todas las dificultades de su construcción pasaría a manos de la Compañía Andaluza de Ferrocarriles (1880).
Como secretario de la diputación permanente en Madrid de la Sociedad Económica de Amigos del País de Cuenca presidida por el obispo Payá y Rico lo vemos representar los intereses de la provincia junto a otros miembros vinculados a ella como el conde de San Luis (presidente), el polígrafo Fermín Caballero (vicepresidente), el ingeniero Gabriel Usera Jiménez (padre de Marcelo Usera, militar de dio nombre a un conocido barrio madrileño) y el escritor y político Severo Catalina del Amo en el año 1870. En 13 de diciembre de 1871, al grito de ¡Las Antillas serás españolas!, es uno de los firmantes del manifiesto en defensa de la identidad nacional española en Cuba y Puerto Rico. En este sentido, “el partido moderado se mantuvo inhiesto en medio de la revolución cubana impulsada por el filibusterismo deletéreo que inficionaba con sus malas artes la atmósfera política”.
De afable y cariñoso trato, siempre estimado de sus amigos que se apreciaron mucho en su lealtad y consecuencia, tras una breve pero penosa enfermedad Juan Amalio Ayllón Moreno falleció abintestato en Madrid el 8 de noviembre de 1874. En virtud de una providencia de Baldomero Blanco Flórez, juez de primera instancia del distrito madrileño de Buenavista, refrendada del escribano Francisco Fernández de la Torre, se publicó en la Gaceta de Madrid un edicto a fin de advertir que su hermana Luisa Ayllón tenía solicitada la declaración de heredera. Una figura de relieve la de este opulento capitalista y eminente hombre de negocios conquense, que merece rescatarse del olvido.
Referencias:
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