Imagen: Hagiopedia (http://hagiopedia.blogspot.com/). Consulta el 3-6-2024.

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Laplana y Laguna, Cruz
Casa Alonso de Plan (Huesca).
1875 -
Cuenca.
1936.
Religioso, Obispo.

La biografía de Cruz Laplana y Laguna ofrece gran interés, por ser uno de los prelados asesinados en los albores de la Guerra Civil, cuando la revolución social subsiguiente al golpe militar desató lo que los antropólogos han denominado “ira sagrada”. Las circunstancias trágicas de su muerte, junto a su sobrino, otorgaron una épica al episodio, aprovechado por los propagandistas de la “cruzada” como base del “martirologio” conquense. Este fue el propósito que guio al canónigo, archivero y profesor Sebastián Cirac Estopañán cuando en los años cuarenta publicó su Vida de Cruz Laplana: obispo de Cuenca (Barcelona, 1943). Medio siglo después, otro sacerdote, Domingo Muelas Alcocer, escribió otra hagiografía (D. Cruz Laplana y Laguna. Obispo mártir de Cuenca. Cuenca, 1992) como base de un proceso canónico para elevarlo a los altares. Fue beatificado en octubre de 2007. Y como “beato” aparece su breve entrada en el diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia (https://dbe.rah.es/biografias/119517/beato-cruz-laplana-laguna). Pero personajes así requieren de un análisis más histórico y menos militante.

Nuestro protagonista nació en Casa Alonso de Plan, (Huesca) el 3 de mayo de 1875. Ingresó en el seminario de Barbastro a los once años. Cursó más tarde tres años de Derecho canónico y uno de Teología en la Universidad Pontificia de Zaragoza. Se ordenó presbítero en septiembre de1898. Ejerció la docencia en el seminario conciliar de Zaragoza y en la Universidad. Entre 1912 y 1916 fue ecónomo y párroco en el municipio zaragozano de Caspe y, desde 1916 hasta 1922, párroco de la iglesia zaragozana de San Gil. Allí le llegó el nombramiento como obispo de Cuenca, diócesis que presidió desde el 26 de marzo de 1922 hasta su asesinato, el 8 de agosto de 1936.

Tras vivir una etapa muy plácida durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), durante el cual el obispo entabló una estrecha amistad con el entonces alcalde de Cuenca, Cayo Conversa, Laplana afrontó con preocupación la etapa republicana (1931-1936). Había aceptado con moderación la instauración de la II República, siguiendo las consignas vaticanas. Pero no tardaría en cambiar de opinión. Su amigo, el cardenal primado, Pedro Segura, cabeza de la Iglesia española y de la oposición católica a la República, fue expulsado del país a mediados de junio de 1931. La amistad entre ambos venía de los veraneos asiduos del primado en Cuenca. Tras la expulsión de Segura, Laplana abandonaría la moderación para sumarse al creciente grupo de prelados antirrepublicanos, opuestos a la táctica posibilista de Roma. Una táctica que cambiaría Roma radicalmente en 1933, con el nombramiento de monseñor Gomá como primado.

El mencionado diccionario de la RAH resume la trayectoria episcopal de Laplana de manera harto escueta: “ejerció con gran celo su labor apostólica durante catorce años. Reestructuró la diócesis y puso sumo interés en la formación integral de los alumnos del seminario. Fomentó las asociaciones piadosas y caritativas de la Acción Católica y las Hijas de María”. Se puede añadir que se volcó también con la Asociación de Estudiantes Católicos y, sobre todo, con la Asociación Católica de Padres de Familia, encargados de defender la enseñanza religiosa y criticar a la laica. Y tuvo especial interés en fomentar la “Buena Prensa”, contrapuesta a la antirreligiosa, dada la eficacia de los medios de comunicación como instrumento de difusión de sus ideas sobre la enseñanza, la familia, el origen del poder y para que la jerarquía contara con el apoyo popular.

Aunque no hay constancia de enfrentamientos directos del obispo con las autoridades civiles, sí quedan testimonios críticos suyos hacia ciertos acontecimientos o leyes relacionadas con la política religiosa, como la expulsión de Segura o la legislación laicista. Evidentemente, no expresó el mismo tono crítico en el Boletín Oficial del Obispado de Cuenca (BOOC), dado su carácter institucional, que en la correspondencia privada, que Domingo Muelas comenta en su biografía y de la que, lamentablemente, no cita su procedencia archivística.

Laplana utilizó sistemáticamente el BOOC para mostrar su desasosiego ante la situación religiosa del país y ante las penurias económicas de las parroquias, amenazadas por la supresión del presupuesto de culto y clero. En diciembre de 1931, publicó un reglamento para la reorganización económica de las parroquias como consecuencia de la reducción de la consignación al clero por parte del Gobierno, que fue actualizando el año siguiente. Durante 1932, el obispo insertó una serie de disposiciones del poder civil que afectaban a la Iglesia (sobre la libertad de cultos, la instrucción religiosa en las escuelas, la venta y gravamen de bienes eclesiásticos, los entierros civiles, el divorcio o la ley de secularización de cementerios, entre otros) que, en su opinión, atentaban “a los sagrados intereses de nuestra sante Religión y de la Iglesia de nuestra Patria”, como lo hacían los “artículos constitucionales no conformes con la doctrina o leyes católicas”. Y se puede leer, entre líneas, su visión pesimista de la política laicista. En su documento “El mes de María”, en mayo de 1932, comentó que “difícilmente se registrarán días más tristes y amargos en la historia de la Iglesia española que los días actuales, y esto nos obliga más y más a acudir a la medianera de todas las gracias… [María]”. Cuatro años después, en mayo de 1936, hablaba de “persecución religiosa” y de la necesidad de aguantar “la tempestad que aguarda a España”. En los meses previos a la guerra, llegó a sentir miedo ante el cariz que tomaban los acontecimientos, anticipándose a su tráfico final.

La biografía de Cirac Estopañán sobre el obispo mártir ofrece una visión bastante más politizada que la que se rastrea en la documentación primaria. Al parecer, su labor pastoral le dejaba tiempo para implicarse en actividades políticas. Lo hizo de manera temprana, desde 1931, encargando a un canónigo la organización y propaganda de la “política patriótica en la provincia”. Y redobló su politización en la primavera de 1936, jugando un papel de intermediación para que el general Fanjul cediera su puesto en la listas de la derecha al líder falangista José Antonio Primo de Rivera, que se encontraba preso en la cárcel Modelo de Madrid, para que concurriera en la segunda vuelta electoral, a celebrar el 3 de mayo en Cuenca. La maniobra no salió bien, pues se interpuso el general Franco y la junta provincial del censo impidió la entrada de nuevos candidatos. A Cirac se le pudo ir la mano cargando de argumentos políticos una actitud que, en el momento de escribir su libro, en plena posguerra, podría parecer generosa para el biografiado, pero que, visto con distancia, involucra a Laplana directamente en la propia conspiración.

Aunque Cuenca no fuera una provincia especialmente conflictiva desde el punto de vista religioso durante la llamada República “en paz”, la situación cambió notablemente durante la República “en guerra”. Tras el golpe militar, como ocurriría en muchos otros lugares de la retaguardia republicana que carecían de antecedentes de episodios iconoclastas o clerófobos, se improvisó la “ira sagrada” del verano de 1936, pues quemar la Iglesia o matar al clérigo formó parte del ritual iniciático revolucionario. El 28 de julio, el obispo Laplana fue obligado a dejar su residencia. Tanto él como su sobrino, Fernando Español, fueron trasladados por milicianos al seminario, habilitado como cárcel. En la madrugada del 8 de agosto de 1936, ambos fueron trasladados por unos pistoleros para asesinarlos en el kilómetro 5 de la carretera de Cuenca a Villar de Olalla. No eran las primeras víctimas de la clerofobia, pero sí las más significativas. El saldo clerófobo se completó con un centenar de asesinados en la provincia durante la violencia revolucionaria: veinticuatro eran del clero regular y setenta y seis del secular.

 

 

 

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