Nació en Hellín el 26 de agosto de 1837. Su padre, el italiano Alberto Cassola, era profesor de primera enseñanza y al poco de fallecer, Manuel ingresó, con quince años, en el Colegio Militar de Infantería de Toledo como cadete. Fue un prototipo de militar que procedía de fuera del Cuerpo, de familia de clase media, con una buena formación académica y una brillante hoja de servicios, que se concretaba en once años de permanencia en Ultramar (Santo Domingo y Cuba) y su contribución en la lucha en España contra los carlistas y republicanos.
Entre 1862 y 1871 combate en la intervención aliada en México y en la guerra de restauración en Santo Domingo. También combate en la Tercera Guerra Carlista siendo ascendido a coronel en 1873 y a brigadier en 1874. Capitán General de Granada en 1875, en 1876 es destinado a Cuba para combatir a los separatistas, lo que le vale el ascenso a teniente general.
Recrudecida la guerra en la isla de Cuba, solicitó su incorporación, desembarcando en La Habana el 13 de noviembre de 1876, haciéndose cargo de la Comandancia de Santa Clara (Villas Occidentales). Nombrado comandante general y gobernador civil del Departamento del Centro, inició un hostigamiento constante contra el enemigo, tomando parte activa en la Paz de Manjón (28 de febrero de 1878).
Aquí se casó con Carmen Gutiérrez Arce, y a consecuencia de su salud, regresó nuevamente a España, otorgándosele el grado de teniente general, en recompensa por sus servicios.
De nuevo en España, alternó lo militar y la actividad política durante los primeros años de la Restauración. Por un lado, fue Diputado por Cartagena entre 1879 y 1886 y posteriormente Senador por Canarias, en los años 1885-86.
Por otro, fue nombrado capitán general de Granada (1879), vocal de la Junta Consultiva de Guerra (1878-1883) y director general de Artillería (1883-1886). Pertenecía al Partido Liberal y fue elegido diputado a Cortes en las legislaturas de 1879, 1881 y 1886, senador en la de 1885 y designado ministro de la Guerra en 1888 por Sagasta.
Ocupó este Ministerio en una etapa en que había un amplio sentir sobre la necesidad de algunas reformas para racionalizar y modernizar el estamento militar. Sin embargo, ni moderados ni liberales tomaban la iniciativa. Los modelos de referencia eran los del Ejército francés y alemán, mostrándose Cassola más inclinado a seguir este segundo.
Recién designado en el cargo de Ministro, presentó inmediatamente a las Cortes la Ley Constitutiva del Ejército (22 de abril de 1887), un ambicioso plan de reformas militares que no logró sacar adelante. Se trataba de un proyecto importante que trataba de corregir algunos aspectos de calado profundo, necesarios en un ejército moderno. Abarcaba muchas cuestiones relacionadas con los principios fundamentales de la organización del Ejército. Cassola defendía que era injusto un sistema en el que quedaban excluidos quienes disponían de dinero o cultura. Ello chocaba con los intereses de las clases adineradas que no deseaban que sus hijos realizasen el servicio militar. También fijó principios fundamentales a los que debían ajustarse los ascensos y las recompensas, basados en la antigüedad en tiempos de paz y por méritos en tiempos de guerra. Se propuso, además, la creación de un Banco Militar de Préstamos para aliviar la mala situación económica de muchos militares.
El Gobierno sabía que se enfrentaba a una reforma compleja y, por ello, designó a Canalejas como presidente de la comisión que preparaba el dictamen del proyecto de ley para presentar a las Cortes, convirtiéndose en su firme defensor en el Parlamento. Dichas propuestas encontraron, sin embargo, una fuerte resistencia en las Cortes, originando intensos y largos debates, que despertaron un apasionamiento social en la calle, animado por los medios de opinión pública y una decidida oposición en el Ejército, sobre todo, las referidas a la imposición del servicio militar obligatorio y al sistema de ascensos.
A pesar de las dotes de orador de Cassola, que le llevó a realizar una apasionada e ingeniosa defensa de su proyecto ante las Cortes, no logró su aceptación, ya que la comisión y sus compañeros de gabinete le mostraron un apoyo tibio ante la oposición cerrada de los conservadores encabezados por Cánovas del Castillo, quien estaba en contra de la medida de imponer el servicio militar obligatorio, sin posibilidad de redención en metálico, ya que ello podía generar una “reacción antimilitarista que esa y, concretamente, en los estudiantes, deseosos de volver a sus libros”.
Además, estaba en desacuerdo la mayor parte de la cúpula militar, incluyendo algunos generales liberales que eran diputados como Martínez Campos, Weyler, Primo de Rivera y Federico Ochando.
Incluso el Gobierno pareció dividido ante estas reformas militares, por lo que Sagasta, desde la presidencia, procuró evitar la cuestión, consciente de la tensión originada, el desgaste de un año de debate en las Cortes y la enemistad de la oficialidad, retirándole su apoyo.
Ante ello, Cassola presentó su dimisión que no le fue aceptada (enero de 1888), aunque unos meses después renunció al cargo (14 de junio de 1888) con ocasión de un conflicto protocolario que le enfrentó al capitán general de Madrid, Arsenio Martínez Campos.
Poco después abandonó el Partido Liberal, y sus seguidores murcianos se pasaron al Partido Conservador.
Formó parte de algunas comisiones militares, como vocal de la Comisión Reorganizadora del Ejército (1873), presidente de la comisión encargada de estudiar el reglamento en las colonias militares en la isla de Cuba (1881), vocal de la comisión para redactar el nuevo proyecto de Ley de Reclutamiento y Reemplazo del Ejército (1884), presidente de las Juntas de Estudios de Transporte Militar por Ferrocarril (1884) y vocal de la Comisión de Codificación Militar (1885).
Recibió algunas condecoraciones, como la Placa de la Orden de San Hermenegildo (1880), la Gran Cruz de San Hermenegildo (1884) y la Gran Cruz de la Orden Portuguesa de San Benito, concedida por el rey de Portugal (1889).
Durante los dos últimos años de su vida estuvo apartado de la actividad política y del Ejército y tras su muerte, la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena le concedió honores de capitán general.
Se le erigió un monumento en Madrid, que fue inaugurado el 7 de diciembre de 1892, realizado por Mariano Benlliure, que representa al general empuñando con la mano derecha el pergamino refiriéndose al proyecto de reforma del Ejército. Primero se ubicó en la calle Ferraz, pero actualmente se encuentra en el Parque del Oeste.
Murió en Madrid, el 10 de mayo de 1890.
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