Arteaga Quintana, María del Carmen

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María del Carmen Arteaga Quintana
Madrid.
1951 -
Toledo.
2021.
Docente.

La muerte siempre caprichosa, esquiva, y, por supuesto, inoportuna, se llevó por delante, prematuramente a Carmen Arteaga así la conocían los compañeros y los estudiantescuando apenas llevaba unos meses descansando tras toda una vida consagrada a la enseñanza universitaria, en concreto a la formación de innumerables promociones de maestras y maestros que pasaron por las aulas de la Escuela Normal de Magisterio de Toledo, Escuela Universitaria de Formación del Profesorado o Facultad de Educación, que todas estas denominaciones, e incluso alguna más tuvo el centro dedicado a la preparación de los docentes de la Educación Infantil y Primaria.

La parca con su cruel guadaña, en las postrimerías del otoño de 2021, arrebató a familiares, amigos, colegas de profesión y discípulos a una mujer de gran personalidad. Nacida en Madrid en 1951, de ascendencia leonesa por ambos lados, cursó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en la rama de Geografía e Historia.

Sus inicios en la investigación fueron de la mano del profesor de Historia Antigua Domingo Plácido quien le dirigió la tesina titulada Los hititas. Aportaciones al estudio de un pueblo antiguo. Sería en el complejo y atractivo mundo romano donde buscó un tema para su tesis doctoral. Sin embargo, circunstancias de orden personal y profesional hicieron que aparcara esa línea de trabajo para centrarse de forma exclusiva en la enseñanza.

La excepción vino dada por la elaboración en 1976, a petición de la editorial Didascalia, de un libro de texto, con otros autores, de la asignatura Geografía destinado al alumnado de 2º curso de BUP.

Con ese bagaje el destino la llevó a Toledo y en esta ciudad hasta el momento de su jubilación desarrollaría su dilatada labor docente, no como una profesión sino como una vocación. Aunque no de nacimiento, puede considerarse toledana de adopción y de otra categoría no reconocida jurídicamente, de afecto.

Sus primeros pasos se dieron en la Universidad Laboral, curso 1973-1974, de reciente creación y donde coincidieron un grupo de entusiastas profesores y profesoras, jóvenes y con propósito de convertir el centro, entonces dependiente del Ministerio de Trabajo, en un ente educativo dinámico y prestigioso. Allí impartió clases de Lengua y de Historia.

Sin embargo, su permanencia en la Laboral fue corta, pues pronto, al comienzo del curso 1974-1975, ingresó en la Escuela Normal de Magisterio, sumida en un proceso de cambio en virtud de la aplicación de un nuevo plan de estudios, el de 1971 (en sustitución del implantado en 1967) que por primera vez contemplaba diferentes especialidades. Una de ellas la de Ciencias Sociales, o lo que es lo mismo Geografía, Historia, Arte y Didáctica de esas disciplinas.

Podría afirmarse sin lugar a error que la etapa de vigencia de ese plan y esa especialidad fue para Carmen, la más gratificante de toda su trayectoria al experimentar una plena identificación con su vocación de profesora. Enseñaba varias asignaturas de Historia y de Arte, desde la Prehistoria hasta la Edad Media. Rebosante de juventud, sumamente ilusionada con su trabajo, explicando materias que formaban parte de su especialización, fueron años fructíferos, de los que sin duda se beneficiaron varias generaciones de estudiantes.

La evolución de los planes de estudios tantos que produce cansancio mental solo el intentar recordarlos en la Universidad y en la formación de las maestras y maestros de Enseñanza Infantil y Primaria supuso cambios profundos. El más destacado, probablemente, la consideración de una carrera Grado cuya duración era idéntica a la de la mayoría de las titulaciones, arrinconando aquella añeja y quizás rancia separación de diplomaturas y licenciaturas.

En cambio, por lo que atañe a las disciplinas propias de lo que comúnmente se ha denominado Geografía e Historia, transformadas en la prosa legislativa en Ciencias Sociales o Conocimiento del Medio Social, supuso un serio varapalo para los docentes especialistas en cualquiera de las ramas de Geografía, Historia o Historia del Arte. En la práctica se vieron apremiados a convertirse en profesores generalistas, con el énfasis en la Didáctica. Y para más inri, se reducía el número de créditos, utilizando la jerga universitaria, asignados a esa importante área de conocimiento.

Por lo general, la decepción fue grande, al obligar de facto a olvidarse de la especialidad en la que se habían formado y cuyas enseñanzas venían dando desde hacía lustros. El choque fue doloroso, pero hubo que adaptarse a los nuevos tiempos y a los nuevos desafíos. Fue lo que hizo la profesora Arteaga, integrada, desde su creación, en el Departamento de Historia de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), en el área de Historia Antigua.

Más allá de los avatares legislativos, siempre determinantes en el quehacer diario de los docentes, como se puede constatar en cualquiera de los perfiles biográficos de las mujeres enseñantes comprendidas en este libro, Arteaga Quintana dio muestras de profesionalidad, de sentido de la responsabilidad y de permanencia en los valores considerados prioritarios para quien se dedica a instruir. En consecuencia, siguió preparando con ahínco las clases, atendiendo con esmero a los estudiantes y negándose a bajar el listón de exigencia de lo que entendía era propio de la enseñanza universitaria. Actitud valiente que le granjeó algunos contratiempos e incomprensión. Se negaba a aceptar que, como resultado de la bajada de los niveles en Educación Primaria y Secundaria, hubiera también que hacer lo mismo en la Universidad.

La implicación en la vida académica de la profesora Arteaga no se limitaba a la docencia directa con los estudiantes. Formó parte del claustro del Centro, siendo elegida en cada proceso electoral por sus compañeros, y se integró en diversas comisiones necesarias e imprescindibles para el eficaz funcionamiento de una institución educativa, en clara muestra de solidaridad y de compromiso al entender que, dicho de modo coloquial, había que arrimar el hombro y no descargar las responsabilidades en los demás.

Quienes tuvieron ocasión de conocerla y frecuentar el trato personal subrayan varios rasgos sobresalientes de su temperamento: respeto hacia los demás, en particular hacia los discrepantes; intervenciones sosegadas, medidas, sin levantar la voz, herir ni provocar malestar, incluso cuando se criticaba su posición; escrupuloso cumplimiento a veces rayando en la exageración y contrarios al sentido común en la observancia de horarios de tutorías o en la asistencia a reuniones…

Cuando tanto se habla y se escribe acerca del feminismo, ahogando el concepto en palabras y más palabras y restando fuerza con tipologías heterogéneas, a veces extrañas (radical, interseccional, liberal, comunitario, ecofeminismo, cultural, socialista…) Carmen fue siempre una defensora de la igualdad entre personas, o lo que es lo mismo entre hombres y mujeres.

En notoria coherencia, esta concepción pasó de las ideas a los hechos y formó parte de su conducta habitual. De igual modo, entre las creencias que guiaron su vida e intentó transmitir (en la familia a su hijo Héctor, en las aulas a los estudiantes y en la vida cotidiana a quienes estaban a su alrededor) con su comportamiento se encontraban valores como la educación, el rigor o el ejercicio de la razón, cualidades que practicó y ensenó con absoluta dedicación y convencimiento, convirtiéndose en una de sus señas de identidad. Valores, por otra parte, compartidos por su compañero de vida Agustín Chozas, inspector de Educación y profesor asociado, muchos años, en la Escuela de Magisterio/Facultad de Educación.

Se jubiló con la discreción consustancial a su persona, sin hacer ruido. Simplemente entendió que había llegado la hora de decir adiós a la vida universitaria y si bien podía haber continuado más tiempo, en 2018 se despidió sin alharacas. Eso sí, con la satisfacción del deber cumplido.

Resulta inevitable volver a incidir en su pronta muerte tras despedirse de las aulas y del mundo académico. Poco tiempo para disfrutar del merecido descanso. En el otoño de 2022 la Facultad de Educación le rindió un emotivo homenaje en el que se resaltaron su sentido del deber, la firmeza de sus convicciones, el compromiso permanente con la institución y el hondo sentido de la amistad y de la lealtad.

Con independencia de reconocimientos el más importante el mencionado de la complacencia en su fuero interno de misión cumplida públicos, de homenajes, discursos, semblanzas biográficas, elogios, incorporación a la galería de mujeres “toledanas” ilustres, tal vez lo más sustancial, intangible para los demás es el gozo personal, íntimo de la profesora Mª del Carmen Arteaga Quintana por las décadas dedicadas a ensenar y a formar a innumerables maestras y maestros diseminados por pueblos y ciudades ejerciendo su profesión.

Su memoria, como la de casi todos, se perderá en el tiempo, aunque en el presente se la recuerde, añore y su ausencia invada de tristeza. No obstante, incluirla en este Diccionario es un acto de justicia. Con todo, echando unas gotas de escepticismo, es difícil no recordar los versos de Rafael Alberti que alertan de la facilidad con que se olvida pese a la magia de la letra impresa:

“Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,

humaredas perdidas, neblinas estampadas;

¡qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,

qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”.

La Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de Castilla-La Mancha se enorgullece de presentar el Diccionario Biográfico de CLM, una iniciativa destinada a honrar y difundir la vida y obra de figuras destacadas de nuestra región en diversos ámbitos.

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