Fernández-Luna Aguilera, Ramón

Galería

Ramón Fernández-Luna Aguilera
Almadén (Ciudad Real).
1867 -
Madrid.
1929.
Agente de policía, detective.

Policía de vocación, adelantado a su tiempo y aclamado por la prensa de principios del siglo XX como “el Sherlock Holmes español”. Entre los “golfillos” y  “hampones” gozaba Don Ramón de respeto y de una muy merecida y ganada consideración que, en ocasiones, alcanzaba admiración por su honradez y rectitud. Su legado a nuestra Historia de la Policía, son la ingeniosa e imaginativa resolución de un buen número de crímenes, sus archivos policiales de detenidos, el laboratorio en el que investigaba, la Brigada de Investigación Criminal, una de las primeras academias para preparar el ingreso en la Policía y una de las primeras agencias de detectives en nuestro país.

“Es usted un brujo”, con estas palabras y presa de un temor supersticioso, definía una vetusta proxeneta a D. Ramón Fernández-Luna y Aguilera, tras haberle relatado sus andanzas desde tiempo atrás, haciendo todo un alarde de memoria, ya que ambos se conocían de épocas anteriores. La gran capacidad de su retentiva, fue una de las cualidades de este prestigioso policía de principios del siglo pasado.

Fernández Luna nació el 30 de noviembre de 1867 en Almadén (Ciudad Real); desde pequeño sintió la inquietud de investigar todo lo que estaba a su alrededor, con unos diez años, se levantaba a altas horas de la noche, para explorar los alrededores de una fábrica de harinas de su pueblo, que había sido asaltada y donde los vecinos decían que aparecían fantasmas. Terminó de realizar sus estudios en Madrid y fue empleado en una administración de loterías, hasta que ingresó en el Gobierno Civil como escribiente, con apenas veinte años. Poco después, su tío D. Alberto Aguilera le nombró secretario de Delegación. Cuando se suprimieron estas delegaciones, Ramón ingresó en el Cuerpo de Vigilancia. La nueva ley de presupuestos de enero de 1902 que reforma la Policía, le nombra para ocupar una de las plazas que se crearon de Inspector de 3ª para otros tantos secretarios de delegación, cuyos puestos desaparecieron. Enseguida se distinguió del resto de compañeros, por una manera singular en su labor policial, se le empezaron a confiar misiones difíciles y delicadas, consiguiendo una especial admiración y gran estimación por parte de D. José Millán Astray (Comisario General de la Policía de Madrid, luego jefe superior de Barcelona, primer director de la primera escuela de Policía, y padre de Millán-Astray Terreros), quien apreció en él dotes extraordinarias para la función policíaca en un sentido moderno, destacando sus condiciones de hombre minucioso, profundamente leal y de una conducta absolutamente limpia e intachable, tanto en su vida profesional como en la particular. Se escribía, por ejemplo, que “El Comisario Sr. Fernández-Luna, en honor a la verdad, es de aquellos que hacen cumplir las leyes, disposiciones por igual, sin distinción de clases. Así no resultan beneficiados unos industriales con perjuicio de otros, como sucede en otros distritos colindantes al del Hospital” (“Noticias generales”, El Globo, 25-11-1908, p. 3).

Siendo inspector de 1ª clase, era el único de su categoría que ejercía de jefe de Comisaría de uno de los distritos de Madrid, el de Hospital, todos los demás jefes eran comisarios. El jefe superior le tenía en tan alta estima, que le encomendaba intervenir en los asuntos que requerían una especial delicadeza. En este periodo, perfeccionó su gran formación policial y comenzó a recopilar información para el que acabaría siendo su extenso fichero de delincuentes, perfectamente estructurado, con un sistema de fichas inventado por él, donde se concentraban todos los datos importantes del “delincuente fichado”. Existe un título expedido a su nombre por el mismísimo doctor Olóriz, por el que se certificaba que Fernández Luna poseía “amplios estudios de antropometría y dactilografía”, convirtiéndole en un adelantado a su época y a la implantación generalizada de estos tipos de estudios de carácter criminológico. Recordemos que de estas fechas, primeros del siglo XX, es el libro Piltrafas del arroyo, de Roberto Bueno, en el que se afirma la gran ineptitud de la mayoría de los componentes de la Policía.

En 1912 consiguió crear, organizar y ser el primer jefe de la Brigada de Investigación Criminal, fundada con las directrices de investigar delitos y perseguir y detener a los autores de los mismos. El siguiente año ascendió a comisario, permaneciendo en ese mismo puesto. En la prensa se hicieron eco de este ascenso junto a otros Inspectores, alabando su laboriosidad e inteligencia, así como los servicios de importancia que prestaban y que se aplaudían tanto desde las páginas de los periódicos como desde la sociedad madrileña, poniéndolo como ejemplo para que los demás policías se estimularan con ello.

A mediados de 1919, el ministro de Gobernación, Burgos Mazo, trasladó a Barcelona a Ramón, algo con lo que no estuvo de acuerdo, por lo que decidió pedir la excedencia. Probablemente es en ese momento cuando comienza a actuar como “policía particular”, según consta en un anuncio publicado en noviembre de 1919, en el que figuraba su domicilio San Cosme 12 y se ofrecía para “gestiones e informaciones privadas” (Detective: del inglés detective. “Policía particular que practica investigaciones reservadas y que, en ocasiones, interviene en los procedimientos judiciales” Diccionario de la lengua española).

Volvió de nuevo al Cuerpo de Vigilancia en mayo de 1921, como Comisario de 1ª clase, y esta vez, sí pasó a prestar servicio en Barcelona a las órdenes del entonces ministro de Gobernación Gabino Bugallal Araújo y del general Arlegui; llegando a ser comisario general interino. En varias ocasiones tuvo que prestar servicios especiales en distintas capitales como Zaragoza o Bilbao.

En diciembre de 1923 fue jubilado por “imposibilidad física” según la versión oficial, eufemismo que enmascaraba sus desavenencias con el recién creado directorio de Primo de Rivera, lo que dificultaba sobremanera su situación dentro del Cuerpo de Vigilancia. Continuó saciando su pasión por la Policía y la investigación con su agencia de detectives y sus clases preparatorias para el ingreso en la Policía (También se anunciaba para la preparación de auxiliares de Gobernación y para Telégrafos). Con esos fines creó el Instituto Fernández Luna, que le sobreviviría pocos años, ya que durante la Segunda República desaparece. Existen noticias sobre una Agencia “Internacional” en Barcelona en 1907. Un año después surge American Office, ya en 1920 Enrique Cazenevue Cortés crea una agencia en las cercanías de calle Balmes, (Barcelona). En Madrid, surgieron La Protectora y Oficina Internacional de Detectives, ambas hacia 1913. Esa podría considerarse la situación anterior a que don Ramón se adentrara en el mundo “detectivesco” privado.

El sábado 2 de marzo de 1929 por la noche, falleció Ramón Fernández-Luna. El entierro tuvo lugar el lunes siguiente y la mayoría de los periódicos y revistas de la época se hicieron eco de su defunción, dedicando palabras de agradecimiento y admiración hacia el policía sagaz, cuya “talla era gemela de la de Sherlock Holmes” (Art. de José Romero Cuesta, Heraldo de Madrid, 4-3-1929. p. 7).

A lo largo de su vida profesional demostró siempre su gran vocación policial, su agudeza y sutileza al realizar las pesquisas que le llevaban a apresar a los delincuentes, apoyado en su extraordinaria retentiva y memoria, en su conocimiento de las ropas y en lo que él denominaba, la “fatal atracción del escenario del crimen”, así consiguió resolver un gran número de delitos y cosechar una estimable fama en el Madrid de principios del siglo XX. Su hermano Felipe, el mayor de los nueve que componían la familia, entrevistado en el Heraldo de Madrid dice: “Mi hermano fue policía porque para ello había nacido. Su destino era ese, y lo cumplió de modo bien perfecto por cierto” (Francisco Caravaca, “Vida y obras de D. Ramón Fernández Luna”, Heraldo de Madrid, 8-3-1929, p. 8).

Ejemplo del trato que recibía de la prensa escrita, tras detener a varias personas por crear y distribuir moneda falsa: “Este servicio ha sido llevado a cabo con gran habilidad y acierto y nos complacemos en hacer constar que fue dirigido con suma inteligencia por el comisario interino señor Fernández Luna, uno de los pocos funcionarios de Policía que trabaja con fortuna y que no forma parte de la cohorte de aduladores que rodean a los que pueden dispensar favores y prebendas” (“Desgracias y Delitos”, El Globo, 31-12-1908, p. 3).

Algunos de los crímenes más sonados que resolvió: el Cristo del Otero, el señorito Anglada, el capitán Sánchez (en el que llegó a peligrar su vida), “Fantomas”,  el robo del tesoro del Delfín, “el Federal”, falsificación de moneda,… La casi totalidad de estos delitos fueron resueltos con enorme sagacidad, se valió de disfraces para adentrarse en los bajos fondos, como mendigo o chulapo, llegando a disfrazar a sus agentes de soldados, clérigos, obreros, menestrales y hasta de mujeres. Portaba en todo momento una diminuta y potentísima lupa. Como le gustaba decir cuando le preguntaban cómo sabía o cómo había averiguado algo: “por desgracia, nada he averiguado. He deducido simplemente” (Joaquín Llizo, “Aventuras y trabajos de un policía español”, El Sol, publicado durante varios días de enero de 1924).

Ramón era de alta estatura, recio y jovial, con poblada barba gris, fumaba mucho y bebía café sin mesura, esos podían considerarse sus únicos vicios, ya que su conducta en su vida profesional, al igual que en la personal, fue siempre totalmente limpia e intachable. Dormía muy poco y comía con sobriedad. Se casó en diciembre de 1894 en Almadenejos (Ciudad Real), con la “bella señorita” Laura Montes. Albergaba un gran corazón y fueron varios los momentos en los que ayudaba a los “golfillos” e incluso a los familiares de estos. Todo ese cariño y reconocimiento que la sociedad le profesaba, incluso los “hampones” de la época le respetaban y temían, a veces, le faltó en su trabajo, en más de una ocasión, “se vio obligado a rechinar los dientes, dejar caer el labio inferior, con un gesto lleno de amargura, rabia e ironía y fruncir el ceño” (Joaquín Llizo, “Aventuras y trabajos de un policía español”, El Sol, publicado durante varios días de enero de 1924), cuando por mera envidia se convirtió en víctima de alguno de sus jefes.

Nos quedan sus archivos y laboratorio, en ellos podíamos encontrar,  mascarillas hechas por vaciado con distintas características y así poder realizar el “retrato hablado”, de tanta importancia para él. En una mesa dedicada a la dactiloscopia, contaba con fotografías de huellas dactilares y tarjetas de reseña, junto a rodillos, platinas, compás, lupa y un libro registro. No faltaba la tabla de colores del iris de Bertillón ni la cuadrícula del doctor Fourquet. En dos figuras, hombre y mujer, de tamaño real, colocaba los tatuajes o marcas que pudieran llevar los malhechores, para una mejor identificación. Ya entonces los archivos policiales se consideraban antologías de la vida de la sociedad, vista a través de la delincuencia, verdaderos almacenes de conocimiento de las pasiones humanas.

Don Ramón, como era conocido entre los “raterillos” perteneció y fue símbolo de la generación que ya entonces llamaban “la secreta”, germen de los renovados y modernos agentes de policía de principio del siglo XX. Toda su vida giró en torno a las investigaciones y a los arduos trabajos policiales. Colofón y homenaje a su memoria, puede ser, destacar algunas de las palabras que le brindaron en los medios escritos durante sus últimos años y los siguientes a su fallecimiento. En ellas se le comparaba con los grandes detectives de las novelas: “el policía español émulo de Sherlock Holmes”, “el Sherlock Holmes español”, “Sherlock Holmes y Arsenio Lupín, tienen un antecedente real, … los archivos de Fernández Luna son la mejor demostración de nuestro aserto”, “Fernández Luna corrió aventuras a lo Sherlock Holmes y a lo Nick Carter”.

Bibliografía:

  • BUENO, R., Piltrafas del arroyo, Madrid, Librería de Leopoldo Martínez, 1902.
  • TURRADO VIDAL, M., La Policía en la Historia contemporánea de España 1766-1986, España Ministerio del Interior, 2000.
  • VV AA, Policía Científica: 100 años de ciencia al servicio de la Justicia, Madrid, Ministerio del Interior, 2011.
  • Hemeroteca de ABC.
  • Hemeroteca del BOE.
  • Hemeroteca de El Globo.
  • Hemeroteca de El Heraldo de Madrid.
  • Hemeroteca El Sol.

Referencia:

  • José Antonio Martín, “Semblanza de Ramón Fernández Luna Aguilera, Quadernos de Criminología, nº 35 (5-10-2016). Y editado aquí con la autorización de ésta.

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