Nació Wenceslao Argumosa Bourke, en Guadalajara, el 27 de septiembre de 1761, recibiendo las aguas bautismales en la iglesia de san Esteban. Fue hijo de Ventura Argumosa y de la Gándara, a la sazón corregidor e intendente de Guadalajara, caballero del hábito de Santiago y subdelegado de las Reales Fábricas de paños de la ciudad, así como de las de Brihuega; su madre fue doña Concepción Bourke de Parry. Por línea materna último descendiente del conde de Clarinkard, noble familia inglesa que se asentó en España en tiempos de Felipe II.
Estudió francés con su madre y con los jesuitas, en el colegio que estos tenían en el Jardinillo de San Nicolás, de Guadalajara, y cuando los jesuitas fueron expulsados pasó a depender, en cuanto a educación y cultura, del maestro italiano César Branchi, con quien aprendió gramática y latín, antes de pasar a Alcalá de Henares, en cuya Universidad continuó estudios de Filosofía. Estudios en los que le acompañó su hermano Teodoro Argumosa, quien pasaría a ser uno de los héroes en la batalla naval de Trafalgar, al mando del navío “Monarca”.
Quedó huérfano de padre en 1773 y de madre en 1776, encargándose de su educación su padrino, el arzobispo de Toledo, y cardenal, Francisco Antonio de Lorenzana, quien se convirtió en su protector y de cuya mano concluyó en Madrid, Toledo y Valladolid, los estudios de Derecho Civil y Canónico, recibiendo el doctorado en ambos derechos en 1784, antes de marchar a Bolonia, donde en su colegio de San Clemente de los Españoles obtuvo una de las plazas de profesor, y en donde sería secretario, historiógrafo, archivero, decano y catedrático de Cánones.
En 1791 viajó por Italia, conociendo su historia, arte y cultura, regresando a Madrid en 1792. Aquí se dedicó desde entonces al ejercicio de la abogacía. El prestigio de su nombre, a juicio de la prensa de su tiempo, lo llevó a defender los pleitos que a la vista de cualquier otro letrado pudieran resultar más insostenibles, teniendo entre sus clientes a los nombres más prestigiosos de la política y la cultura de los años finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.
Hasta la Guerra de la Independencia, en la que fue llamado a participar en el Consejo de Bayona, para ponerse al servicio del invasor, llamamiento que, junto al encargo, rechazó, siendo por ello detenido, hecho prisionero y confinado en diversos lugares de Francia, entre ellos Orthez y Troyes, hasta el término de la guerra, en que fue puesto en libertad; regresando a Madrid para ser nombrado por el rey Fernando VII su secretario particular. Más tarde sería abogado general de la Casa Real, interviniendo en pleitos dinásticos entre príncipes e infantes; siendo condecorado, entre otras, con la Cruz de Caballero de la Orden de Carlos III y de Auxilios por la Patria, condecoración concedida a los prisioneros de Estado.
Fue autor de una Relación de los ejercicios literarios, grados y méritos..., cuya copia aparece fechada en Madrid el 23 de diciembre de 1792 y de la cual envió un ejemplar a Nicolás Godoy el 27 de diciembre de 1796. Al mismo tiempo, pedía permiso al Príncipe de la Paz para visitar los Reales Palacios y las habitaciones de Grandes, Títulos y particulares, con el fin de escribir un libro sobre los monumentos españoles que sirviera de complemento al escrito y publicado en torno al tema por Antonio Ponz. La respuesta de Godoy, no obstante, fue negativa. Por lo que aquella historia quedó sin escribir.
Sí que dejaría escrito un librito que es al día de hoy documento imprescindible para conocer algunos de los grandes sucesos que ocurrieron entre 1808 y 1820, es el titulado: Los cinco días célebres de Madrid, en el que relaciona lo sucedido el 19 de marzo de 1808, cuando Carlos IV abdicó en Fernando VII encontrándose en Aranjuez; los sucesos del 2 de mayo, que vivió en primera persona a través de las calles de Madrid; los del 1 de agosto tras la batalla de Bailén; la entrada de Napoleón en Madrid; así como la jura obligada de la Constitución por Fernando VII, el 9 de marzo de 1820.
Igualmente, dejó para la posteridad otra obra que permanece al día de hoy, como monumento a los héroes de la patria, en Madrid, ya que fue el promotor de levantar un monumento a los “héroes del 2 de mayo”, para el que llamó a los españoles a aportar su esfuerzo, a fin de costearlo, poniendo él los primeros veinte doblones de oro. El llamamiento para llevar a cabo aquella obra todavía puede leerse en la prensa de la época:
“…las víctimas del día 2 de mayo fueron la piedra angular de la grande obra de nuestra liberación. Debe pues eternizarse su memoria, y al monumento que para ello se eleve deberemos nosotros y nuestros hijos mirar cifrada para siempre la patria y su rey. El autor de esta carta ofrece 20 doblones para el profesor que presentare el mejor diseño de un monumento en el Prado, destinado a este objeto. El premio es tan corto como el empeño grande, pero es el patriotismo el que debe impulsar a los célebres profesores españoles, el autor solo presenta esta suma en calidad de memoria; y guiado de los mismos principios para con los ilustres cuerpos de la nación, suplica a la Real Academia de San Fernando tenga a bien permitir que los profesores pongan sus diseños en manos del señor secretario de la misma”.
Aceptó la Real Academia de la Historia, a la que se dirigió, la propuesta, y de las obras presentadas a concurso resultó ganadora la del obelisco que todavía hoy se conserva en el Paseo del Prado, trazado por el arquitecto D. Isidro González Velázquez. El 21 de abril se aprobó el proyecto y el 2 de mayo de 1821 se puso la primera piedra. Tras no pocas vicisitudes históricas de España que interrumpieron las obras, por fin, el 25 de marzo de 1836 a mediodía, se colocó la última; a pesar de que no se inauguraría oficialmente hasta el 2 de mayo de 1840.
Wenceslao Argumosa contrajo matrimonio con Catalina de la Bárcena, con la que tuvo diez hijos, nueve de los cuales murieron en edad infantil y únicamente le sobrevivió una hija, Luisa, bautizada en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, el 20 de junio de 1804.
Desempeñaría, aparte de los ya citados, el cargo de Procurador Síndico de la Villa de Madrid; al igual que el de presidente honorario de la Academia Canónigo Legal de San Juan Nepomuceno. Siendo también académico de la Real de San Fernando.
Murió en Madrid, el 28 de noviembre de 1831, siendo enterrado con todos los honores en la desaparecida Sacramental de San Sebastián, de donde fueron trasladados sus restos, junto a los de otros muchos nobles allí sepultados, al desaparecer el cementerio en la década de 1920, al osario de la iglesia, junto a los del marqués Ofalia, entre otros.
Su lauda sepulcral, hoy desaparecida, no podía ser más elocuente: “Aquí yace el Sr. D. Wenceslao de Argumosa y Bourke, Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III; condecorado con la Cruz de Fidelidad de Estado; del Consejo de S.M., su secretario; y decano del Colegio de Abogados de esta Corte. Buen esposo, padre tierno, hombre de bien, célebre jurisconsulto, orador distinguidísimo. Falleció a 28 de noviembre de 1831, habiendo cumplido 72 años y dos meses. Dios haya premiado sus virtudes”.
Obras principales:
- Los votos públicos, Bolonia, 1789.
- Los cinco días célebres de Madrid, dedicados a la Nación, Madrid, 1820.
Bibliografía principal:
- Semanario La Región, Guadalajara, 27 de agosto, 30 de agosto, 6 de septiembre, 10 de septiembre, y 17 de septiembre de 1901.
José Ángel Laguna Rubio: “Wenceslao Argumosa Bourke”, boletín Arriaca, Madrid, mayo 2011. - Gismera Velasco: “Memoria de Wenceslao Argumosa Bourke”, periódico Nueva Alcarria, Guadalajara, 4 de mayo de 2018.